2/9/11

La insoportable levedad de las voces de la izquierda

El gran oráculo ha vuelto de vacaciones, y ha hablado: (video Gabilondo)

Para un tipo que “aporta una mirada propia llena de serenidad y sentido común”, según afirma la presentación de su video blog, es notable el recurso al lenguaje de máximos que utiliza últimamente: nada menos que la “derrota de la democracia”, y la consagración de “un modelo de sociedad que expulsa a los pensamientos más progresistas o de izquierdas a favor de los pensamientos neoliberales”.

No debe sorprendernos. Desde el estallido de la crisis algunos venimos asistiendo con pesadumbre (y con enfado) al establecimiento de una especie de “posición oficial” de las izquierdas de éste país que yo identifico con la vuelta a los eslóganes vacíos de contenido, la idealización de la “democracia real” y asamblearia, la consagración de un hombre de paja (“los mercados”) como enemigo a batir y, en definitiva, una reivindicación de las utopías y de los Mundos de Yupi frente al análisis riguroso de los hechos y de los mecanismos disponibles para hacerles frente.

Se ponen de moda y se saludan con alborozo los panfletos revolucionarios de ancianitos bienintencionados, como el “Indignaos” del francés Stephane Hessel que se copian y amplían en España (ver “Reacciona”), pero durante muchos meses algunos ya estaban preparando el terreno desde publicaciones “intelectuales” que no se han enterado de que Mayo del 68 ya pasó. Personas con supuesto prestigio y con llegada a los medios (aunque ellos se quejen de que se les silencia) como Vicenç Navarro, la mayoría de los tertulianos de la SER, muchos columnistas de El País y casi todos los de Público, mantienen desde hace tiempo un discurso parecido, según el cual estaríamos embarcados en un proceso de desmantelamiento del Estado de Bienestar y de los “derechos adquiridos” por los ciudadanos, a cargo de “los mercados” y el “neoliberalismo” y poco menos que dirigido desde Europa y organismos internacionales como el FMI.

Dejemos claro antes de nada que, desde una posición de izquierdas, hay motivos más que sobrados para indignarse con la situación política y económica, y muchas dinámicas están ocurriendo que requieren de una vigilancia atenta: muchos de los agentes que agravaron la crisis no han recibido el castigo que se merecen, las normas regulatorias y de gobernanza económica y financiera que se prometió reforzar parecen estancadas o avanzar con cuentagotas, la Unión Europea reacciona ante los sobresaltos económicos con improvisación y demagogia, con un sálvese quien pueda y a defender cada uno sus propios intereses… Europa está en una encrucijada y sus gobernantes no parecen estar a la altura. ¿Y qué decir de España? Sus gobernantes tampoco están a la altura, ni lo estarán los que vendrán el 20-N (ya han demostrado sobradamente su mediocridad), lo que es más grave aún por los problemas particulares que arrastra España desde hace tiempo: un mercado de trabajo dual e insolidario que condena a la precariedad a una generación, un tejido productivo excesivamente basado en la especulación inmobiliaria y en el turismo de bajo nivel, absurdas regulaciones y trabas para la competencia y la creación de empresas, un modelo energético kafkiano, un modelo educativo en caída libre y sometido a los indecentes caprichos de cada nuevo gobierno, una alarmante falta de consenso sobre los temas estratégicos de Estado entre los partidos políticos (salvo el terrorismo) y todo ello con un Estado de Bienestar raquítico en comparación con los mejores, que no sólo hay que sostener sino que debería ser ampliado.

Y mientras tanto, la izquierda discutiendo la calidad de la democracia, el ataque a “nuestros derechos”, la llegada del “neoliberalismo” y otras variantes del sexo de los ángeles.

Lo descorazonador que tiene asistir a este posicionamiento de las voces progresistas, para los que consideramos que la izquierda tiene mucho que decir, es el temor de una deriva hacia la irrelevancia. A lo Izquierda Unida, vamos.

Es lamentable que la izquierda guste tanto de los posicionamientos previos en abstracto sobre cualquier tema, y por los grandes debates ideológicos y filosóficos sobre la democracia, el sometimiento de la política al poder económico y la defensa de ése “derecho inalienable” llamado Estado del Bienestar. Pero resulta que el Estado del Bienestar no es un derecho fundamental de las personas, ni un estado natural, ni un ente abstracto que una vez conseguido es mejor no tocar para no desmantelarlo: es un conjunto de mecanismos que hemos ido implementando porque creemos que es mejor para los individuos que conforman una sociedad, y que no es gratis: hay que alimentarlo, sostenerlo y permitir su disfrute a las futuras generaciones.

Y el Estado de Bienestar está sin duda en crisis, y conservarlo requiere imaginación, coraje y mecanismos para cambiar la dinámica de hechos que lo están poniendo en riesgo… defenderlo no consiste en querer mantenerlo en formol como si no pasara nada. Paradójicamente esta izquierda, al cuestionar sin más cualquier intervención sobre los pilares del Estado del Bienestar (subsidio de paro, mercado de trabajo, pensiones…) se ha convertido en una “izquierda conservadora”, incapaz de articular un discurso de cambio hacia la sostenibilidad.

Precisamente cuando la socialdemocracia y las posiciones progresistas deberían tener más que nunca un peso relevante en el debate político reivindicando sus conquistas y reinventando la manera de sostenerlas, frente a una derecha sin escrúpulos, fracasada e hipócrita, resulta que los representantes de la izquierda se cierran al análisis riguroso de los hechos y de sus posibles soluciones, prefieren la utopía al pragmatismo, y hacer demagogia con la indignación popular para regodearse en un discurso apocalíptico en lugar de empezar a preparar el discurso del futuro.

La fraseología del estilo “esto no es una verdadera democracia”, “los mercados han dominado a la política”, “el que quiera tocar las pensiones es un peligroso neoliberal” y, en general, ésa especie de “estás conmigo o contra mí”… sólo son una desesperante pérdida de tiempo que escamotea el verdadero debate: qué mecanismos podemos implementar que nos permitan una salida de la crisis lo más rápida posible, que refuercen nuestra economía ante crisis futuras, y que garanticen la sostenibilidad del Estado de Bienestar. Y en este, el verdadero debate, hay mucho que hacer y mucho que decir: porque es cierto que no todas las respuestas están claras. Es cierto que la derecha, más que posible ganadora de las próximas elecciones, tratará de arrimar el ascua a su sardina y aprovechará para implementar por la fuerza recortes y políticas insolidarias (ver Cospedal en Castilla la Mancha) bajo la mirada indignada y ofendida, pero inútil, de todos estos voceros de la izquierda que están permitiendo a la derecha dominar el espectro político, cuando debería estar escondida en su cubil para esconder sus vergüenzas, aquellas que allanaron el camino al estallido de la crisis.

La derecha ocupa el espacio político porque la izquierda se lo está permitiendo, por su propio abandono de dicho espacio hacia posiciones irrelevantes y necias de supuesta defensa del desfavorecido. Pero el desfavorecido no necesita discursos paternales ni llamadas filosóficas a regenerar la democracia, necesita que salgamos de la crisis y se le ofrezcan soluciones que mejoren su calidad de vida, y si la izquierda no plantea soluciones factibles, ahí aparece la derecha reivindicándose como única solución, repitiendo el discurso falaz del “gestor eficaz” que sabe lo que hay que hacer, frente a la “ideologizada izquierda”. Que nadie se lleve a engaño: no hay más que oír las propuestas económicas de Rajoy y Montoro para reconocer su vacuidad y constatar que no han entendido nada, y sólo hace falta leerse algún documento de la Fundación FAES para saber hasta qué punto la ideología puede convertir en absurdo el análisis económico.

Frente a ellos, otra izquierda es posible, y es más necesaria que nunca. ¿Dónde se esconde?

24/8/11

Dominus vobiscum

Nos ha visitado El Representante de Dios en la Tierra y, como no podía ser de otro modo (¿o sí?) todas las televisiones, incluso las que no tienen por costumbre comulgar, han hecho un seguimiento concienzudo de las andanzas de sus huestes.

Conocido por mi ateismo y feroz anticlericalismo, ha sorprendido entre mis allegados mi indiferencia ante tan empalagosa ensalada de sotanas.

Quizá sea el período vacacional, quizá sea que me hago viejo, pero hay ciertas batallas (dialécticas) que me da ya soberana pereza emprender. Al fin y al cabo, las discusiones con los catoliquillos de turno ya las tenía con 16 años, cuando yo mismo había abandonado de motu propio la ideología cristiana en que, de un modo más bien laxo, como siguiendo la costumbre establecida, me habían educado mis padres…

Al fin y al cabo, es a esa edad, entre los 14 y los 16 años, cuando uno empieza a tomar algunas decisiones propias, a hacer ciertas elecciones: de sus amigos, de sus aficiones y de sus vicios, de sus lecturas, de aquello en lo que quiere creer o lo que prefiere rechazar. Es, en cierto modo, cuando uno empieza a convertirse en el hombre que será, para bien o para mal. Es cuando se empieza a descubrir que existe un mundo mucho más grande y más complejo que lo que te explica desde el púlpito un tipo con sotana que del mundo parece saber muy poco, y que lo reduce a un lugar pequeñito y cerrado, no muy agradable (un valle de lágrimas) donde hay que regirse por cuatro reglas sencillas (¿o eran 10?) que te aseguran un lugar en otro mundo del que tampoco sabe nada. Es la edad a la que empiezas a dudar de todo y de todos, cuando empiezas a pedir explicaciones que no sean meros eslóganes ni liturgias vacías de contenido, y descubres que hay una cosa llamada ciencia que no tiene respuestas para todo, pero que las pocas respuestas que da permiten explicar a un nivel razonable cómo funciona el mundo. Y que admite la incertidumbre. Sí, que se puede vivir con incertidumbre, si uno tiene la necesaria fortaleza de espíritu (¿he dicho espíritu?... quería decir “la necesaria presencia de ánimo”) como para no necesitar el consuelo permanente de un hipotético paraíso de eterna felicidad.

En esto ocurre como la afición a la Ciencia Ficción: si de adolescente no descubres sus encantos, que duran para siempre, es muy difícil que en la edad adulta uno se acerque a ese tipo de lecturas. Pues con la religión igual: si de adolescente no has abandonado su influencia, bajo el convencimiento de su vacuidad, ya es muy difícil que de adulto la abandones (en todo caso la sustituirás por otra ideología, posiblemente tras una decepción, posiblemente tan vacía como la anterior, y la abrazarás de la misma forma entusiasta e irracional). Por lo tanto, ¿para qué discutir con católicos convencidos? ¿Para qué comentar sus andanzas? Es, además de aburrido, una soberana pérdida de tiempo…

Todo lo más, la visión de los “groupies” de Ratzinger siempre me ha deprimido un poco… es como que uno pierde un poco más de confianza en la racionalidad de la especie. Ver a chicos jóvenes, miles de ellos, gritar azorados al líder de la tribu, verlos reunirse con el propósito de… ¿con qué propósito, por cierto?... con el único propósito de reunirse, por lo que parece… que lo único que tienen que ofrecer al mundo que heredarán es una letanía de mensajes sin sentido cuando no un puñado de ideas socialmente rechazables… qué queréis que os diga, me resulta deprimente.

Por suerte, en esto pasa como en Internet: se concentra mucho friki y parece que tienen mucha influencia, pero luego, cuando se dispersan, su influencia se diluye como azucarillo en boca de rocín. No así la de los jefes de la banda (y vuelvo a las sotanas), que han mostrado una notable capacidad para mantener su influencia y capacidad de amedrentamiento, si no sobre la sociedad civil a la que aspiran a someter, sí sobre los políticos y gran parte del capital, que corren azorados a arrodillarse y a besar los decrépitos anillos, bien sea como miembros activos de las segregaciones más retrógradas de la secta principal (Opus, Legionarios de Cristo, Kikos… sobre todo entre los miembros del PP), o por mantener la cercanía al poder y la influencia que aún ejerce la jerarquía católica en España, o como mero residuo de una educación cristiana… en cualquier caso, gran mérito de la Iglesia de Roma, que de vez en cuando gusta de darse estos baños de masas a lo Madonna o Bruce Springsteen: para demostrarse a sí mismos, y mostrar al mundo, que a pesar de que su época de gloria ya pasó, aún son capaces de llenar estadios.

PD: no os perdáis este reportaje sobre los kikos (eso sí, no apto para estómagos sensibles...)

25/5/11

Cuántos "Luis Ángel Rojos" necesita España...


"Un profesor trabaja para la eternidad: nadie puede decir dónde acaba su influencia"
Henry Brooks Adams

Ha muerto Luis Ángel Rojo.

Ahora que andamos debatiendo sobre la mediocridad de los representantes de la cosa pública, es buen momento para poner a este hombre como ejemplo palpable de lo que España necesita en sus instituciones: brillantez, conocimiento, sabiduría y coraje para ir contra corriente.

No soy el más adecuado para escribir un obituario sobre él, pues no soy de la profesión. Los hay muy buenos, repasando sus aportaciones, en la prensa y en Nada es Gratis, por ejemplo.

Pero como llegué a sentir respeto y admiración por él simplemente conociendo desde fuera sus acciones, su actitud y lo que ha representado para el país, a modo de homenaje recordaré éste post que escribí sobre él al comienzo de la crisis.

Descanse en paz.

23/5/11

PSOE: ¿y ahora qué?

Después de la barrida que ha hecho el PP, ya se están empezando a escuchar las habituales llamadas a “la renovación ideológica” del PSOE (como la de Barreda) y a la “regeneración del partido”, una especie de vuelta a los orígenes que al parecer se habrían perdido durante los últimos años, sobre todo después de haber tenido que aplicar unas medidas económicas que se perciben como impuestas desde fuera y que son rechazadas por eso que se ha dado en llamar “las bases” del partido.

Apañados estamos.

El PSOE está ahora mismo en una encrucijada histórica en su larga trayectoria como partido. Y lo que salga de la reflexión interna que debe afrontar marcará la larga travesía del desierto que le espera durante los próximos años: o bien se pondrán las bases para una futura, más allá del medio plazo, reconciliación con su base sociológica de votantes; o bien se enriscará en sus males y no sólo se enfrentará a varias derrotas seguidas, sino que disminuirá su suelo electoral de forma irremisible.

¿Cuál es el riesgo que veo? Que el partido y sus ideólogos se encaminen con entusiasmo hacia la segunda opción. La probabilidad de que la actual ejecutiva del PSOE haga un mal diagnóstico de su derrota es altísima, pues estos tipos vienen sacando sobresaliente cum laude en hacer malos diagnósticos de la realidad.

Ante todo, dejemos una cosa clara: a los socialistas les ha derrotado básicamente la crisis económica y el 21% de paro. Les hubiera derrotado en cualquier caso, si bien creo que podrían haber evitado la debacle si su gestión de la crisis hubiera sido otra.

Teniendo en cuenta la tradicional falta de autocrítica de nuestros políticos, la tentación de culpar a la crisis y dejar que el tiempo pase sin hacer nada, seguro que forma parte de los debates internos (al fin y al cabo, dirán algunos, a Rajoy le ha funcionado). Aún peor, con tanta atención mediática a los “indignados” del Movimiento 15M, con los medios afines y algunos sesudos columnistas de la izquierda repitiendo machaconamente que los políticos han sido vencidos “por los mercados”, que la “democracia real” está secuestrada por los intereses económicos y que quien de verdad maneja el destino de los gobiernos son los bancos y a lo sumo un grupito de malvados especuladores que se sientan alrededor de una mesa para ver cuál es el próximo país que hunden en la miseria… pues es muy tentador concluir que los votantes socialistas han castigado al partido por aplicar medidas “neoliberales” y recortes sociales impuestos desde fuera, y que es necesario volver a las esencias socialdemócratas de los buenos tiempos, y no traicionarlos nunca, nunca más, palabrita de Niño Jesús…

Como si la “socialdemocracia de los buenos tiempos” fuera aplicable sin cambios a los tiempos de ahora. Como si el Estado del Bienestar, una conquista de la civilización que no ponen en duda más que unos pocos privilegiados que creen no necesitarlo y no quieren pagarlo, así como los forofos de las diversas sectas ultraliberales y neocon que campan por el panorama mediático, no tuviera que ser fuertemente revisado, con el fin no de recortarlo o eliminarlo, sino precisamente de asegurar su sostenibilidad.

La disyuntiva del partido es fuerte, eso no se puede negar. ¿Existe alguien que desde dentro sea capaz de elevarse por encima del ruido mediático y analizar lo que de verdad hay que hacer? Ese alguien, si existe, deberá ser capaz de abandonar el discurso populista anti-mercado y los grandes mensajes filosóficos contra el capital, los bancos y los gnomos de jardín que parecen sacados de un concierto hippie de los años 70 (eso que se lo deje a Izquierda Unida, que sigue estando feliz arrancando un puñado de votos, claramente circunstancial, y sabiéndose el guardián de las esencias de la “auténtica izquierda”). Deberá descartar propuestas chupiguay al estilo de las de los acampados de Sol, que son irrelevantes, o irrealizables o contraproducentes: a todos nos gusta el Bien y aborrecemos el Mal, pero mientras tanto hay cosas más importantes que hacer por el país.

Deberá ser capaz de asumir lo que la Economía tiene que decir sobre algunos tipos de problemas, y por supuesto rodearse de gente capaz de entender, y capaz de saber explicar lo que se hace. Uno de los grandes problemas de los partidos, en general, y del PSOE, en particular, es la de promover el ascenso del mediocre más pelota o del amigo del líder. Los gobernantes mediocres y las políticas gallináceas pueden ser tolerados en tiempos de bonanza (y así creo que ocurrió en la segunda elección de Zapatero, donde la gente le renovó la confianza a pesar de sus pepiños y sus pajines, pues al fin y al cabo la fiesta continuaba). Pero un país no se los puede permitir cuando llegan los malos tiempos (tampoco auguran un brillante panorama Rajoy y sus cospedales, dicho sea de paso).

Una de las cosas más importantes que tiene que hacer ese líder socialista hoy por hoy inexistente (…podría haber sido Rubalcaba con menos años y menos plumas perdidas por el camino) es reconciliarse con la ciudadanía y recuperar la confianza de su votante potencial, de ése votante más o menos centrado que vuelca las elecciones a uno u otro lado. Puede que yo sea un iluso, pero lo que creo que debería hacer es recuperar la honestidad en el discurso y no tratar al votante como si fuera imbécil. Esto pasa, básicamente, por explicar por qué se toman las medidas que se toman, por qué se opta por unas políticas y no por otras, y que, por supuesto, que hay una incertidumbre inherente a la aplicación de toda política que no nos asegura al 100% los resultados perseguidos. En particular en la aplicación de medidas de política económica, pues dicha ciencia no está tan avanzada como para asegurarnos que a tal acción le seguirá cual reacción. Pero se debe envolver la acción política en una lógica entendible por los ciudadanos y dotar al discurso de una narrativa que sea capaz de enganchar a los votantes. Un votante que tenga confianza en sus políticos se dejará convencer casi de cualquier cosa (como hizo González en el referendum de la OTAN o en la reconversión industrial, por dar un ejemplo del mismo partido), y hasta es posible que no castigue demasiado al político tras la aplicación de medidas duras o impopulares, pero necesarias (o al menos, no tanto).

Y todo esto no significa “plegarse a los mercados”, “venderse al capital”, dejar que “ganen los de siempre”, etc. Significa entender la realidad, y que existen algunos mecanismos, alejados de los grandes conceptos ideológicos, que nos pueden ayudar a superar nuestros problemas. Significa reconocer que estamos en medio de un incendio que nosotros no hemos provocado pero que hemos avivado alegremente viviendo en una casa de madera y pajitas, y por lo tanto que tenemos que construir una casa de acero y cemento, y eso exige tiempo, dinero y coraje político, y también que vamos a salir de él más pobres y con bastantes tullidos y mutilados.

Eso sí sería una revolución en el partido. No lo parecería, no generaría titulares, pero lo sería. Y serviría para mejorar el futuro del país. Y luego, que las urnas decidan, que para eso están…

16/5/11

Votar eficacia y votar corrupción

Se acercan las elecciones locales y es pertinente preguntarse de nuevo por qué arrasan en las urnas opciones políticas cuyas listas aparecen salpicadas de imputados en escándalos de corrupción.

Es cierto que una imputación no es una condena, pero la mayoría de estos escándalos no son una acusación aislada de última hora (en cuyo caso el ciudadano podría optar por la presunción de inocencia o incluso sospechar de alguna maniobra política para desacreditar al rival). Bien al contrario, estos asuntos (Gürtel en Madrid y Valencia, ERE’s en Andalucía….) copan las portadas de los periódicos durante meses o años, lo suficiente como para que el ciudadano votante empiece a sospechar que algo podrido debe de haber efectivamente debajo de las alfombras.

No parece ser el caso, a juzgar por las últimas encuestas que aseguran que Camps arrasará en Valencia, Aguirre (no directamente implicada, pero con alguna conexión sospechosa en sus listas) en Madrid y Fabra y otros oscuros personajes de la política local, en sus respectivos feudos… Por lo tanto, o bien el ciudadano no da crédito a las informaciones periodísticas ni al trabajo de jueces, fiscales y policías o, lo que es peor, no le importa.

En un debate radiofónico reciente, un tertuliano de izquierdas daba su explicación, escandalizado, afirmando que “los ciudadanos prefieren la eficacia a pesar de la corrupción”, es decir, prefieren dar su voto a un equipo con imagen de eficaz, a pesar de ser sospechoso de corrupción, que de alguna manera se consideraría algo inherente a la política y con lo que hay que convivir, un mal menor si lo comparamos con las consecuencias de una política ineficaz.

Abandonando momentáneamente la variable “corrupción” de la ecuación, lo cierto es que el que proyecte una imagen de eficaz suele tenerlo mejor ante una elección. Digo “imagen” porque lo que es y no es una política eficaz es, en términos objetivos, muy discutible, pues puede serlo para unos ciudadanos y no para otros. Quedémonos, por lo tanto, en que este tipo de políticos que arrasan en las urnas tiene, como mínimo, “imagen de eficaz” (como Gallardón o Aguirre en Madrid): hacen cosas y saben presentarlas ante el público, que no profundiza mucho más en las consecuencias o los objetivos a largo plazo que puedan tener. Y no digamos ya si añadimos a una oposición inexistente, con mensajes confusos e incapaz de articular un mínimo discurso coherente… vamos, como en Madrid y Valencia. Esto lo explica fantásticamente bien para Valencia Jorge Galindo en éste artículo, pero en líneas generales serviría también para Madrid.

Por lo tanto, vemos que cuando la imagen de eficacia confluye con una oposición inoperante, el político que copa la administración local suele arrasar en las urnas. Pero si a esto le añadimos los escándalos de corrupción entre sus filas, quizá la explicación se quede corta y tengamos que añadir algún elemento al debate. Es lo que hace el profesor de Ciencias Políticas de la Univ. de Gotemburgo, Víctor Lapuente, en éste artículo. En él, cita tres razones fundamentales para “la paradoja de la corrupción”:

La ausencia de una burocracia meritocrática suficientemente impermeable al clientelismo

El sistema electoral de listas cerradas

La falta de pluralidad interna de los medios de comunicación

La primera creo que está clara y a las ventajas de disponer en las administraciones de una tecnocracia que acceda al puesto por algún tipo de sistema de méritos independiente del partido que gobierne, ya se ha referido Cives (artista anteriormente conocido como Citoyen) en varios artículos que merece la pena repasar (por ej, éste). Según Víctor Lapuente, esto explica la relativamente poca corrupción de la Administración General del Estado en comparación con las administraciones autonómicas y locales.

En cuanto al sistema de listas cerradas, no tengo muy claro si el remedio sería peor que la enfermedad… os remito a lo comentado por Roger en éste post.

Me interesa particularmente la última. El problema no es que no haya pluralidad de medios de comunicación, cada uno de los cuales es afín a determinadas posiciones políticas o directamente a algún partido. Esto ocurre así en cualquier parte del mundo. El problema radica en “el mensaje monolítico” (en palabras de Lapuente) de los medios de comunicación patrios, la ausencia de una auténtica pluralidad interna que permita presentar en un mismo medio distintas posiciones o matices, que fomente el auténtico periodismo de investigación (no la búsqueda del escándalo y la difamación gratuita tan común en nuestros medios) y que permita y recompense la rectificación ante el error.

Por el contrario, nuestros medios de comunicación suelen cerrar filas y hacer frente común con el político o el partido que les es más afín, tratando de desprestigiar no sólo las informaciones del “medio rival”, sino a policías, jueces, fiscales y a todo el que trabaje en la investigación y causa de una trama de corrupción del partido al que defienden en su línea editorial. Y se dedican con ahínco a tratar de sacar los trapos sucios del partido rival (lo cual no sería malo en sí mismo) inventándose la noticia si fuera necesario (lo cual ya es harina de otro costal).

El papel que en la sociedad cumplen estos medios, entonces, se pervierte, pues hacen el mismo papel que los votantes incondicionales de los partidos, aquellos convencidos que votan al mismo elección tras elección, opción que es respetable en un ciudadano votante, pero que es lamentable en un medio de comunicación.

Y el problema no es ya que estas actuaciones contribuyan a aumentar el desprestigio de los propios medios de comunicación (esto sólo parece preocupar a un número limitado de ciudadanos especialmente escrupulosos) sino que socavan cada vez más el prestigio de las instituciones encargadas de destapar la corrupción, investigarla, acusar, juzgar, condenar o absolver… y también de informar sobre la misma. Consiguiendo así que el ciudadano piense que todo es inventado, o es una exageración, o directamente se desvincule de la participación política lleno de hastío.

Hay otra razón que siempre me ha parecido entrever cuando un alcalde acusado de mil tropelías sale del juzgado entre vítores de sus conciudadanos, a veces después de haber pagado una fianza millonaria por la que nadie se pregunta. Es una especie de “cierre de filas cavernícola”, algo así como “quiénes son éstos que vienen a meter las narices en las cosas de nuestro pueblo, con lo simpático que es este tipo, la cantidad de monumentos que inaugura y lo generoso que es con su dinero”. Una especie de paletoide defensa de la tribu, unida a un repugnante servilismo para con el poderoso, ese afán de algunos de arrimarse al rico para trincar las migajas, porque de “los otros” nada se va a poder trincar.

En cualquier caso, me temo que el próximo 23 de Mayo, tras las elecciones, asistiremos de nuevo a algún discurso vomitivo que defenderá que las urnas “han vuelto a legitimar” a una buena panda de corruptos.

El debate público sobre energía

Merece mucho la pena que leáis éste artículo de El País sobre energía. Alejado de intereses de unos y de otros, trata de elevarse y dar una perspectiva global. Me ha gustado mucho, aunque al final peca de no ofrecer una propuesta concreta.

Y sí, me gusta incluso el párrafo final. Ya sé, ya sé, suena un poco a "buenismo perroflauta", y no estoy de acuerdo ni con que tengamos políticos inteligentes (al menos en primera línea) ni buenos periodistas (algunos sí hay... pero hay que rastrearlos...). Pero aún así, creo que el tono del mensaje es el que hace falta.

11/4/11

Fukushima I (3ª parte): reflexiones y claves para el futuro


Tras el accidente en la central nuclear de Fukushima I, cuyos problemas distan mucho de estar resueltos, eso que se ha dado en llamar “debate nuclear” ha saltado de nuevo a la palestra, con las posiciones extremistas de casi siempre.
Es curioso lo que ocurre con la energía nuclear: desde hace tiempo muchos preconizan su final, mientras desde no hace tanto tiempo otros muchos aventuran un gozoso renacer: ninguna de las dos opciones se ha concretado. Al final de este escrito quizá entendamos el por qué.

I.- Las reacciones al accidente: la percepción del riesgo.

Dejaré de lado las reacciones más demagógicas, desde las puramente electoralistas de Angela Merkel a las esperables de las organizaciones ecologistas, ancladas en un ideario fundacional que les conduce inevitablemente a la contradicción.
Me interesan más, por ejemplo, las intervenciones posteriores de algunos representantes tanto de la industria nuclear como del mundo académico, que dejaron bastante que desear (no todos), ya que pretendían hacer creer que todo estaba bajo control y que la cosa no era para tanto. Una vez más, el mundo nuclear pierde una oportunidad de generar confianza en el público y ganarse una credibilidad que nunca han conquistado del todo. Y lo digo con dolor, porque una vez formé parte de ese mundo.

Porque para el público, con pocos conocimientos reales sobre el funcionamiento de un reactor y sobre la radiactividad, pero muy mediatizado por los titulares de prensa y por la memoria histórica de Chernobyl, los hechos estaban siendo muy, muy alarmantes. Tanto como para olvidarse de los 10.000 muertos del terremoto y posterior tsunami, y centrarse en los evacuados, la radiactividad de las lechugas y los delfines con tres ojos.

Lo que ha ocurrido, es evidente, es que ha cambiado nuestra percepción del riesgo. Mientras nada sucede, todos aceptamos en mayor o menor medida que corremos unos riesgos cuando realizamos una actividad, ya sea conducir por una carretera o consumir electricidad generada por una nuclear. Y debe de ser que los beneficios obtenidos nos compensan de sobra por los riesgos incurridos, aunque no tengamos una conciencia muy clara de estos riesgos. Pero cuando ocurre algo, se nos olvida que había un riesgo subyacente (que alguien ha calculado o estimado) y que estábamos aceptando ese riesgo de forma tácita. Cuando ocurre el accidente, el riesgo se confirma y nuestra reacción es maximizarlo, de igual forma que hasta ese momento seguramente lo habíamos minimizado.

¿Tiene sentido esta reacción, y sobre todo la de muchos países que se han puesto a cuestionar sus programas nucleares? En mi opinión, existen pocos motivos para este cuestionamiento. Para que los hubiera, tendríamos que concluir que los cálculos sobre la probabilidad de un accidente con la que se diseñan las centrales nucleares están mal hechos. ¿Se puede deducir esto del accidente de Fukushima? Algunos dirán que sí, pero a falta de análisis más profundos, nada nos hace pensar que la probabilidad asociada a la ocurrencia e intensidad de terremotos, que se consulta a los expertos en geología, esté mal, bien o regular… sencillamente es la que se maneja, es aquella de la que disponemos en este nivel de conocimiento.

Es necesario recordar que toda actividad industrial tiene riesgos que es necesario estimar mediante el cálculo de probabilidades. El Análisis Probabilista de Riesgos más avanzado, de hecho, es posiblemente el del mundo nuclear, y ha conducido a los protocolos de seguridad (salvaguardas, procedimientos, sistemas redundantes…) más exigentes de la industria junto a los del mundo aeronáutico. Esto no quiere decir que después de un accidente importante no se aproveche para revisar los protocolos y tratar de cerrar esas “brechas” por donde se puede colar una catástrofe: así se hizo después de Three Miles Island o Chernobyl, así se está haciendo tras el accidente del avión de Spanair en Barajas… y así se hará con el avión de Air France estrellado en mitad del Atlántico… y también después de Fukushima.

Por lo tanto: ¿revisión de protocolos? ¿Lecciones aprendidas? Por supuesto. ¿Cuestionamiento de la energía nuclear?¿Cuestionamiento de la navegación aérea comercial? Será por otras razones, pero no por ésta…

II.- La medición del riesgo: terremotos imposibles y el arquero de Cauchy.

Está bien: intentemos aportar algo novedoso al debate. ¿Y si después de todo sí que hubiera algo que cuestionar? Al fin y al cabo, que los Análisis Probabilistas de Riesgos estén bien hechos no significa que no se puedan mejorar.

El análisis trata de elucubrar los peores eventos posibles que se pueden dar, a los que termina asignando una probabilidad. Muchas de estas probabilidades, como las de terremotos de gran magnitud, se estiman muy pequeñas (uno cada 1.000 años, o cada 10.000…).

El problema es que para estos eventos raros no se tiene registro histórico que permita una estimación precisa. Es más, la mayoría de las veces no puedo ni siquiera asignarle una distribución de probabilidad: sencillamente no tengo ni idea de a qué se puede parecer su distribución de probabilidad. Esto convierte un problema de cálculo de riesgos en un problema de manejo de la incertidumbre. Para más inri, la ocurrencia de uno de estos eventos raros suele tener un impacto catastrófico, bien sea económico o en vidas humanas. Todo ello nos debe hacer tomar estas estimaciones con mucho cuidado, y cuando sucesos que se estima que ocurren una vez cada 1000 años ocurren dos veces en un siglo, quizá deberíamos concluir que los riesgos asociados a los eventos raros son severamente subestimados. Es el argumento que defiende Joseph Stiglitz en éste post, comparando Fukushima y la debacle financiera, aunque él parece concluir que el mundo empresarial lo hace a propósito.

Yo prefiero pensar que es un problema de límites del conocimiento, al menos en el mundo industrial (por el financiero no pongo la mano en el fuego). Cuando estimamos la frecuencia de un suceso, hay una tendencia natural a considerar su distribución de probabilidad como una Campana de Gauss, principalmente porque permite un tratamiento matemático más o menos sencillo, y nos da una (falsa) sensación de que hemos dominado la incertidumbre. Por desgracia, tanto el mundo social como el natural demuestran a menudo no ajustarse a una distribución gaussiana, sino a lo que se llama “distribuciones de colas gruesas”. Estas distribuciones se conocen desde hace tiempo, y su principal característica es que permiten la aparición frecuente de sucesos que impactan dramáticamente a la media, desplazándola de su lugar. Es muy diferente de la Campana de Gauss, en la que la probabilidad de sucesos muy alejados de la media decae rápidamente y éstos, de producirse, apenas influyen en el valor medio.

Para ilustrar el comportamiento de una distribución de colas gruesas dejadme utilizar un ejemplo ideado por el matemático Augustin-Louis Cauchy: un arquero, con los ojos vendados, situado ante una diana pintada en un muro infinitamente largo. El arquero dispara al azar contra la diana, y si pensamos que se ajusta a una Campana de Gauss, la mayoría de sus tiros se situarían alrededor del centro y sólo unos pocos se apartarían mucho. Tras un número suficientemente grande de tiros, el promedio de su puntuación se estabilizaría cerca del centro de la diana, con una desviación estable. Pero esto no es lo que ocurre en realidad: resulta que muchos disparos de un arquero que dispara a ciegas tienen desviaciones enormes, de cientos de metros, tanto como para cambiar el promedio después de cada disparo: la puntuación nunca se estabiliza en un promedio predecible y en una variación consistente alrededor de dicho promedio.

Muchos fenómenos sociales, y lo más fascinante para mi, también muchos fenómenos naturales, parecen ajustarse a estas distribuciones de colas gruesas, desde las crecidas del Nilo, los aludes de nieve… hasta los terremotos. Y lo que nos viene a decir es que son fenómenos no totalmente aleatorios, en el sentido del lanzamiento de una moneda, sino dotados de un segundo nivel de aleatoriedad más profunda y difícil de comprender.

Lamentablemente, me parece que poco más nos pueden decir por el momento las distribuciones de colas gruesas que nos permitan una mejor estimación de los riesgos, pues es un campo de conocimiento aún en desarrollo. Lo que sí podemos concluir, como Stigliz, como Mandelbrot, como Nassim Taleb… es que posiblemente los riesgos de este tipo de eventos están en la actualidad fuertemente subestimados.

III.- El futuro ya no es lo que era…

Después de la pequeña digresión del apartado anterior (algo que sólo se les permite a los Premios Nobel o a los blogueros sin lectores), pongamos de nuevo los pies en la tierra. Es absurdo pretender que el accidente de Fukushima no supone un duro golpe (uno más) al ya de por sí dudoso “renacimiento nuclear”…pero no creo que una mejor o peor estimación de la probabilidad de un evento inesperado sea la clave que determine su futuro.

La clave está en otro punto, y es que ha ocurrido lo que se nos aseguraba que era prácticamente imposible: que todos los sistemas redundantes se seguridad se hayan mostrado insuficientes para evitar daños graves al núcleo y la expulsión de radiactividad al exterior. Es cierto, el terremoto y posterior tsunami han excedido toda previsión, son eventos “imposibles”… pero como vemos, los eventos “imposibles” suceden más a menudo de lo que parece, y pueden volver a suceder. Se nos aseguraba, sin embargo, que incluso frente a “lo inimaginable” existían muchas barreras de seguridad que no podían fallar todas a la vez, o una detrás de otra. Sin embargo, hemos visto que sí pueden fallar.

En cierta medida, gran parte de la seguridad de las centrales nucleares se basa en que los eventos graves que puedan afectar al núcleo no lleguen a ocurrir (básicamente, mantener a toda costa su refrigeración). Pues una vez que ocurren, ya estamos viendo lo difícil que es manejar un núcleo seriamente dañado y evitar que una cierta cantidad de radiactividad se expulse al exterior. No me cabe duda de que, tras meses de análisis calmado de lo sucedido, mucho después de estabilizar la situación del reactor, se tomarán medidas sobre los sistemas redundantes que ayudarán a mejorar la seguridad de todas las centrales del mundo. Es la hora de la ingeniería, de nuevo. Sin embargo, soy escéptico sobre que el nivel de seguridad que se llegue a conseguir con la tecnología de los reactores actuales suponga un salto cualitativo que haga cambiar al público su percepción. No lo suficiente, desde luego, como para garantizar el sosodicho “renacimiento nuclear”. Todo lo más (y no es poco), se mejorará incrementalmente la seguridad de las centrales ya existentes, inequívocamente destinadas a prolongar su vida útil si queremos energía barata y bajas emisiones de CO2.

¿Puede haber algo, después de este duro golpe de Fukushima, que provoque de verdad un renacimiento de la energía nuclear? Puede que lo haya: el petróleo.

IV.- ¿Puede el petróleo salvar a la energía nuclear?

Dejadme que me explique. Hemos concluido en el apartado anterior (por si algún lector despistado no se había dado cuenta) que el desarrollo de la tecnología de reactores parece haber alcanzado un cierto “plateau” de estancamiento… al menos en cuanto a su implantación comercial. Proyectos nuevos como el de Olkiluoto en Finlandia, bandera del renacimiento nuclear y que muchos países seguían con atención para ver la duración, coste y funcionamiento posterior del proyecto, están dando señales alarmantes a la industria por su complejidad de gestión y sus costes disparados.

Hace mucho que la industria, y sobre todo el mundo académico, nos promete otro concepto de reactores: más pequeños, más manejables, intrínsecamente seguros, con menos residuos… proyectos que una empresa pueda acometer sin embarcarse en una megainversión de alto riesgo por los costes y plazos asociados, por la incertidumbre regulatoria que suele acompañar en la mayoría de los países y por la oposición de una parte de la población.

Pero para que este tipo de reactores, tan solo a medio idear, puedan ser alguna vez realidad, hace falta I+D e Innovación, mucha Innovación. ¿Y qué podemos decir sobre la innovación de los últimos años en el campo nuclear? Pues que no sabemos casi nada, pues a menudo los desarrollos son secretos… pero lo que sí podemos hacer es utilizar la EPO/OECD World Patent Statistical Database (PATSTAT) para examinar el número de patentes asociadas al campo nuclear como proxy de las innovaciones en ese campo. Es lo que hace la Ecole des Mines de Paris en éste artículo. Veamos algunas de sus gráficas:



Como puede verse, a partir de Chernobyl las patentes cayeron fuertemente y hasta el 2005 se puede decir que se han estancado, al menos en comparación con el fuerte crecimiento que venían teniendo hasta 1984, accidente de TMI incluido.

Es mucho más relevante, sin embargo, la siguiente gráfica, donde podemos observar la fuerte correlación que existe entre el precio del petróleo y el número de invenciones en el campo nuclear.




Esto es algo lógico que no creo que pueda sorprendernos: cuando el coste de adquisición de crudo importado por parte de las refinerías empieza a subir, también tienden a subir las concesiones y los subsidios hacia la I+D de energías sustitutivas, incluida la nuclear.

La pregunta importante viene ahora: en un entorno de fuerte crecimiento de los precios del petróleo, con grandes posibilidades de que permanezca alto (en el entorno de 100-105 $/bbl para los próximos años según la AIE)… ¿servirá esto de revulsivo para la investigación nuclear, y por extensión para un posible desarrollo de una nueva industria, a pesar del accidente de Fukushima?



Esta pregunta, amigo lector, queda abierta a vuestras opiniones… en esto, todos somos como el arquero ciego de Cauchy.

ACTUALIZACIÓN 04/05/11: Mira por donde, los chicos del European Energy Policy Blog apuntan unos cuantos números que muestran cómo la frecuencia real de accidentes con daño al núcleo resulta que es bastante mayor que la que citan los PRAs (análisis probabilistas de riesgos). Esto apoya la tesis de que las probabilidades podrían estar mal calculadas, y deben ser revisadas.