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11/4/11

Fukushima I (3ª parte): reflexiones y claves para el futuro


Tras el accidente en la central nuclear de Fukushima I, cuyos problemas distan mucho de estar resueltos, eso que se ha dado en llamar “debate nuclear” ha saltado de nuevo a la palestra, con las posiciones extremistas de casi siempre.
Es curioso lo que ocurre con la energía nuclear: desde hace tiempo muchos preconizan su final, mientras desde no hace tanto tiempo otros muchos aventuran un gozoso renacer: ninguna de las dos opciones se ha concretado. Al final de este escrito quizá entendamos el por qué.

I.- Las reacciones al accidente: la percepción del riesgo.

Dejaré de lado las reacciones más demagógicas, desde las puramente electoralistas de Angela Merkel a las esperables de las organizaciones ecologistas, ancladas en un ideario fundacional que les conduce inevitablemente a la contradicción.
Me interesan más, por ejemplo, las intervenciones posteriores de algunos representantes tanto de la industria nuclear como del mundo académico, que dejaron bastante que desear (no todos), ya que pretendían hacer creer que todo estaba bajo control y que la cosa no era para tanto. Una vez más, el mundo nuclear pierde una oportunidad de generar confianza en el público y ganarse una credibilidad que nunca han conquistado del todo. Y lo digo con dolor, porque una vez formé parte de ese mundo.

Porque para el público, con pocos conocimientos reales sobre el funcionamiento de un reactor y sobre la radiactividad, pero muy mediatizado por los titulares de prensa y por la memoria histórica de Chernobyl, los hechos estaban siendo muy, muy alarmantes. Tanto como para olvidarse de los 10.000 muertos del terremoto y posterior tsunami, y centrarse en los evacuados, la radiactividad de las lechugas y los delfines con tres ojos.

Lo que ha ocurrido, es evidente, es que ha cambiado nuestra percepción del riesgo. Mientras nada sucede, todos aceptamos en mayor o menor medida que corremos unos riesgos cuando realizamos una actividad, ya sea conducir por una carretera o consumir electricidad generada por una nuclear. Y debe de ser que los beneficios obtenidos nos compensan de sobra por los riesgos incurridos, aunque no tengamos una conciencia muy clara de estos riesgos. Pero cuando ocurre algo, se nos olvida que había un riesgo subyacente (que alguien ha calculado o estimado) y que estábamos aceptando ese riesgo de forma tácita. Cuando ocurre el accidente, el riesgo se confirma y nuestra reacción es maximizarlo, de igual forma que hasta ese momento seguramente lo habíamos minimizado.

¿Tiene sentido esta reacción, y sobre todo la de muchos países que se han puesto a cuestionar sus programas nucleares? En mi opinión, existen pocos motivos para este cuestionamiento. Para que los hubiera, tendríamos que concluir que los cálculos sobre la probabilidad de un accidente con la que se diseñan las centrales nucleares están mal hechos. ¿Se puede deducir esto del accidente de Fukushima? Algunos dirán que sí, pero a falta de análisis más profundos, nada nos hace pensar que la probabilidad asociada a la ocurrencia e intensidad de terremotos, que se consulta a los expertos en geología, esté mal, bien o regular… sencillamente es la que se maneja, es aquella de la que disponemos en este nivel de conocimiento.

Es necesario recordar que toda actividad industrial tiene riesgos que es necesario estimar mediante el cálculo de probabilidades. El Análisis Probabilista de Riesgos más avanzado, de hecho, es posiblemente el del mundo nuclear, y ha conducido a los protocolos de seguridad (salvaguardas, procedimientos, sistemas redundantes…) más exigentes de la industria junto a los del mundo aeronáutico. Esto no quiere decir que después de un accidente importante no se aproveche para revisar los protocolos y tratar de cerrar esas “brechas” por donde se puede colar una catástrofe: así se hizo después de Three Miles Island o Chernobyl, así se está haciendo tras el accidente del avión de Spanair en Barajas… y así se hará con el avión de Air France estrellado en mitad del Atlántico… y también después de Fukushima.

Por lo tanto: ¿revisión de protocolos? ¿Lecciones aprendidas? Por supuesto. ¿Cuestionamiento de la energía nuclear?¿Cuestionamiento de la navegación aérea comercial? Será por otras razones, pero no por ésta…

II.- La medición del riesgo: terremotos imposibles y el arquero de Cauchy.

Está bien: intentemos aportar algo novedoso al debate. ¿Y si después de todo sí que hubiera algo que cuestionar? Al fin y al cabo, que los Análisis Probabilistas de Riesgos estén bien hechos no significa que no se puedan mejorar.

El análisis trata de elucubrar los peores eventos posibles que se pueden dar, a los que termina asignando una probabilidad. Muchas de estas probabilidades, como las de terremotos de gran magnitud, se estiman muy pequeñas (uno cada 1.000 años, o cada 10.000…).

El problema es que para estos eventos raros no se tiene registro histórico que permita una estimación precisa. Es más, la mayoría de las veces no puedo ni siquiera asignarle una distribución de probabilidad: sencillamente no tengo ni idea de a qué se puede parecer su distribución de probabilidad. Esto convierte un problema de cálculo de riesgos en un problema de manejo de la incertidumbre. Para más inri, la ocurrencia de uno de estos eventos raros suele tener un impacto catastrófico, bien sea económico o en vidas humanas. Todo ello nos debe hacer tomar estas estimaciones con mucho cuidado, y cuando sucesos que se estima que ocurren una vez cada 1000 años ocurren dos veces en un siglo, quizá deberíamos concluir que los riesgos asociados a los eventos raros son severamente subestimados. Es el argumento que defiende Joseph Stiglitz en éste post, comparando Fukushima y la debacle financiera, aunque él parece concluir que el mundo empresarial lo hace a propósito.

Yo prefiero pensar que es un problema de límites del conocimiento, al menos en el mundo industrial (por el financiero no pongo la mano en el fuego). Cuando estimamos la frecuencia de un suceso, hay una tendencia natural a considerar su distribución de probabilidad como una Campana de Gauss, principalmente porque permite un tratamiento matemático más o menos sencillo, y nos da una (falsa) sensación de que hemos dominado la incertidumbre. Por desgracia, tanto el mundo social como el natural demuestran a menudo no ajustarse a una distribución gaussiana, sino a lo que se llama “distribuciones de colas gruesas”. Estas distribuciones se conocen desde hace tiempo, y su principal característica es que permiten la aparición frecuente de sucesos que impactan dramáticamente a la media, desplazándola de su lugar. Es muy diferente de la Campana de Gauss, en la que la probabilidad de sucesos muy alejados de la media decae rápidamente y éstos, de producirse, apenas influyen en el valor medio.

Para ilustrar el comportamiento de una distribución de colas gruesas dejadme utilizar un ejemplo ideado por el matemático Augustin-Louis Cauchy: un arquero, con los ojos vendados, situado ante una diana pintada en un muro infinitamente largo. El arquero dispara al azar contra la diana, y si pensamos que se ajusta a una Campana de Gauss, la mayoría de sus tiros se situarían alrededor del centro y sólo unos pocos se apartarían mucho. Tras un número suficientemente grande de tiros, el promedio de su puntuación se estabilizaría cerca del centro de la diana, con una desviación estable. Pero esto no es lo que ocurre en realidad: resulta que muchos disparos de un arquero que dispara a ciegas tienen desviaciones enormes, de cientos de metros, tanto como para cambiar el promedio después de cada disparo: la puntuación nunca se estabiliza en un promedio predecible y en una variación consistente alrededor de dicho promedio.

Muchos fenómenos sociales, y lo más fascinante para mi, también muchos fenómenos naturales, parecen ajustarse a estas distribuciones de colas gruesas, desde las crecidas del Nilo, los aludes de nieve… hasta los terremotos. Y lo que nos viene a decir es que son fenómenos no totalmente aleatorios, en el sentido del lanzamiento de una moneda, sino dotados de un segundo nivel de aleatoriedad más profunda y difícil de comprender.

Lamentablemente, me parece que poco más nos pueden decir por el momento las distribuciones de colas gruesas que nos permitan una mejor estimación de los riesgos, pues es un campo de conocimiento aún en desarrollo. Lo que sí podemos concluir, como Stigliz, como Mandelbrot, como Nassim Taleb… es que posiblemente los riesgos de este tipo de eventos están en la actualidad fuertemente subestimados.

III.- El futuro ya no es lo que era…

Después de la pequeña digresión del apartado anterior (algo que sólo se les permite a los Premios Nobel o a los blogueros sin lectores), pongamos de nuevo los pies en la tierra. Es absurdo pretender que el accidente de Fukushima no supone un duro golpe (uno más) al ya de por sí dudoso “renacimiento nuclear”…pero no creo que una mejor o peor estimación de la probabilidad de un evento inesperado sea la clave que determine su futuro.

La clave está en otro punto, y es que ha ocurrido lo que se nos aseguraba que era prácticamente imposible: que todos los sistemas redundantes se seguridad se hayan mostrado insuficientes para evitar daños graves al núcleo y la expulsión de radiactividad al exterior. Es cierto, el terremoto y posterior tsunami han excedido toda previsión, son eventos “imposibles”… pero como vemos, los eventos “imposibles” suceden más a menudo de lo que parece, y pueden volver a suceder. Se nos aseguraba, sin embargo, que incluso frente a “lo inimaginable” existían muchas barreras de seguridad que no podían fallar todas a la vez, o una detrás de otra. Sin embargo, hemos visto que sí pueden fallar.

En cierta medida, gran parte de la seguridad de las centrales nucleares se basa en que los eventos graves que puedan afectar al núcleo no lleguen a ocurrir (básicamente, mantener a toda costa su refrigeración). Pues una vez que ocurren, ya estamos viendo lo difícil que es manejar un núcleo seriamente dañado y evitar que una cierta cantidad de radiactividad se expulse al exterior. No me cabe duda de que, tras meses de análisis calmado de lo sucedido, mucho después de estabilizar la situación del reactor, se tomarán medidas sobre los sistemas redundantes que ayudarán a mejorar la seguridad de todas las centrales del mundo. Es la hora de la ingeniería, de nuevo. Sin embargo, soy escéptico sobre que el nivel de seguridad que se llegue a conseguir con la tecnología de los reactores actuales suponga un salto cualitativo que haga cambiar al público su percepción. No lo suficiente, desde luego, como para garantizar el sosodicho “renacimiento nuclear”. Todo lo más (y no es poco), se mejorará incrementalmente la seguridad de las centrales ya existentes, inequívocamente destinadas a prolongar su vida útil si queremos energía barata y bajas emisiones de CO2.

¿Puede haber algo, después de este duro golpe de Fukushima, que provoque de verdad un renacimiento de la energía nuclear? Puede que lo haya: el petróleo.

IV.- ¿Puede el petróleo salvar a la energía nuclear?

Dejadme que me explique. Hemos concluido en el apartado anterior (por si algún lector despistado no se había dado cuenta) que el desarrollo de la tecnología de reactores parece haber alcanzado un cierto “plateau” de estancamiento… al menos en cuanto a su implantación comercial. Proyectos nuevos como el de Olkiluoto en Finlandia, bandera del renacimiento nuclear y que muchos países seguían con atención para ver la duración, coste y funcionamiento posterior del proyecto, están dando señales alarmantes a la industria por su complejidad de gestión y sus costes disparados.

Hace mucho que la industria, y sobre todo el mundo académico, nos promete otro concepto de reactores: más pequeños, más manejables, intrínsecamente seguros, con menos residuos… proyectos que una empresa pueda acometer sin embarcarse en una megainversión de alto riesgo por los costes y plazos asociados, por la incertidumbre regulatoria que suele acompañar en la mayoría de los países y por la oposición de una parte de la población.

Pero para que este tipo de reactores, tan solo a medio idear, puedan ser alguna vez realidad, hace falta I+D e Innovación, mucha Innovación. ¿Y qué podemos decir sobre la innovación de los últimos años en el campo nuclear? Pues que no sabemos casi nada, pues a menudo los desarrollos son secretos… pero lo que sí podemos hacer es utilizar la EPO/OECD World Patent Statistical Database (PATSTAT) para examinar el número de patentes asociadas al campo nuclear como proxy de las innovaciones en ese campo. Es lo que hace la Ecole des Mines de Paris en éste artículo. Veamos algunas de sus gráficas:



Como puede verse, a partir de Chernobyl las patentes cayeron fuertemente y hasta el 2005 se puede decir que se han estancado, al menos en comparación con el fuerte crecimiento que venían teniendo hasta 1984, accidente de TMI incluido.

Es mucho más relevante, sin embargo, la siguiente gráfica, donde podemos observar la fuerte correlación que existe entre el precio del petróleo y el número de invenciones en el campo nuclear.




Esto es algo lógico que no creo que pueda sorprendernos: cuando el coste de adquisición de crudo importado por parte de las refinerías empieza a subir, también tienden a subir las concesiones y los subsidios hacia la I+D de energías sustitutivas, incluida la nuclear.

La pregunta importante viene ahora: en un entorno de fuerte crecimiento de los precios del petróleo, con grandes posibilidades de que permanezca alto (en el entorno de 100-105 $/bbl para los próximos años según la AIE)… ¿servirá esto de revulsivo para la investigación nuclear, y por extensión para un posible desarrollo de una nueva industria, a pesar del accidente de Fukushima?



Esta pregunta, amigo lector, queda abierta a vuestras opiniones… en esto, todos somos como el arquero ciego de Cauchy.

ACTUALIZACIÓN 04/05/11: Mira por donde, los chicos del European Energy Policy Blog apuntan unos cuantos números que muestran cómo la frecuencia real de accidentes con daño al núcleo resulta que es bastante mayor que la que citan los PRAs (análisis probabilistas de riesgos). Esto apoya la tesis de que las probabilidades podrían estar mal calculadas, y deben ser revisadas.

3/11/10

Los negacionistas y el debate de las pensiones

Me diréis que qué tiene que ver el Cambio Climático y el alargamiento de la edad de jubilación, en discusión estos días en varios países. La mayoría dirá que no mucho. Sin embargo, en ambos casos nos tenemos que enfrentar a la misma pregunta, que es necesario responder: qué políticas públicas es necesario implementar ahora, para hacer frente a un acontecimiento que tendrá lugar en un futuro lejano aunque con un elevado nivel de incertidumbre, pero con consecuencias potencialmente catastróficas.

Algunos diréis que las alertas sobre el cambio climático tienen mucha ciencia detrás (es cierto), mientras que los modelos económicos pueden no tener tanta, o al menos estar sometidos a mayor incertidumbre y a una mayor probabilidad de fallo en sus predicciones, como ha pasado a menudo (también es cierto). Sin embargo, el caso particular que nos ocupa admite un contraargumento poderoso: los modelos climáticos tienen también un elevado nivel de incertidumbre mientras que los cálculos sobre las pensiones son relativamente fáciles de hacer, pues la curva demográfica actual, que es el principal condicionante (aunque no el único) de las pensiones futuras, es bien conocida.

En el caso del cambio climático, ningún científico ni economista serio lo pone ya en duda, centrándose el debate en cuál es la mejor manera de enfrentarse a él, es decir, qué políticas públicas (en este caso a nivel planetario) son las más efectivas y que además no comprometan el desarrollo económico presente o el de las futuras generaciones. Y sobre ése debate, enconado, aún queda mucho por decir. Que nieguen el cambio climático sólo quedan los negacionistas, activistas que por ignorancia, ideología o más habitualmente, intereses económicos particulares, niegan la mayor como si fuera una invención de un grupo de científicos de las Naciones Unidas.

En el caso de las pensiones, un problema muchísimo más simple ya que afecta sólo a un grupo de países (los que defienden un determinado Estado del Bienestar y con una curva demográfica particular) y además lo puede resolver cada país a nivel individual, resulta que también actúan los negacionistas: no sólo discuten qué políticas son las más adecuadas para enfrentar el problema (lo cual sería legítimo) sino que niegan el mismo hecho de que las pensiones estén en peligro, desviando la atención hacia los motivos ideológicos u oscuros intereses que según ellos existen detrás de los que promueven el cambio.

Es común entre los negacionistas, a veces fuertemente ideologizados y otras veces fuertemente respaldados por otro tipo de intereses, acusar a sus rivales de lo mismo. Os adjunto un ejemplo que no sé si está respaldado por otros intereses, pero desde luego sí ideologizado: éste artículo de uno de los “negacionistas de las pensiones” más seguidos en los medios.

Pero no me interesa aquí enconar aún más el debate. Convengamos en que puede haber debate. Aceptemos que, a pesar de la curva demográfica, hay varios puntos que pueden afectar al futuro de las pensiones (inmigración, productividad…) sobre los que es difícil prever su evolución, y por tanto que admiten un cierto nivel de discusión. Podéis entrar en detalles en éste y éste post.

Lo que me parece importante resaltar aquí, sin embargo, es la manera que adoptan unos y otros, y sobre todo la que deben adoptar los gobiernos, para enfrentarse a este tipo de problemas, es decir, cuál debe ser la actitud sensata cuando un acontecimiento, a pesar de su nivel de incertidumbre, tiene un riesgo no despreciable de convertirse en catastrófico si no se hace nada. Ya veis, de nuevo el cambio climático…

Desde luego, no creo que apostar a ciegas por “los enormes avances tecnológicos” (en palabras de Viçent Navarro), como si éstos se dieran por necesidad, o apostar a ciegas por el crecimiento del PIB en base a históricos en los que no se tiene en cuenta qué los produjo y por tanto podrían no volver a suceder, etc., sea la actitud adecuada. Como no creo que apostar por enormes avances tecnológicos, revoluciones energéticas aún no vislumbradas y el cambio radical en la actitud consumista y derrochadora de la sociedad… sean maneras sensatas de enfrentar el cambio climático, aunque todo ello pudiera producirse de hecho (ojalá), pues en períodos prolongados de tiempo casi todo puede ocurrir. Fijaos que he dicho “casi”. Y también “puede ocurrir”.

Pero la actitud negacionista va más allá de su apuesta por “muchas cosas buenas ocurrirán con seguridad”. Se acusa a los que alertan del problema de que son peligrosos representantes de la ideología “neoliberal” comeniños, que defienden los intereses de la derecha y el capital y además (volved a la última parte del artículo de Navarro) de que tienen una enorme presencia en los medios que a los sufridos defensores del pueblo, como él, se les niega. Esta narrativa es particularmente nefasta porque cala fácilmente en una ciudadanía cada vez más machacada por la crisis, pues le presenta un enemigo, por más ficticio que sea, contra el que combatir.

Esta parte final, no me resisto a comentarlo, es la más graciosa de todo el artículo de Navarro, veréis: en cuanto a los medios de comunicación españoles más serios (que supongo que son a los que él se refiere) se le ofrece tribuna a cualquiera (hasta a Niño Becerra) para decir casi cualquier patochada en igualdad de condiciones que a cualquier premio Nobel o científico serio, sin que el público lector tenga la más remota idea de cuál es el bagaje de unos y otros a la hora de ocupar tales tribunas. Por centrar un poco el argumento: qué más quisiéramos algunos que salieran más en prensa, radio y TV gente capaz de hacer análisis rigurosos y presentar debates un poco más alejados de la confrontación política y la ideología… Porque si volvemos a la última parte del artículo de Navarro, en la que presenta como ejemplo a seguir los “análisis” que defienden esa especie de subversores de la realidad agrupados en ATTAC , apañados vamos…

Pero no nos dispersemos, y volvamos al argumento fundamental del post: ¿vosotros fiaríais vuestro futuro a que “muchas cosas buenas pueden ocurrir”? ¿No sería más sensato poner los medios para resolver lo que tememos que pueda ocurrir si finalmente no pasan esas “cosas buenas”? Puesto que si finalmente pasan, rectificar la política sería sin duda menos costoso que si por inacción, dejamos que lo peor termine ocurriendo.

Ésta es, al menos, mi modesta opinión.

ACTUALIZACIÓN 09/11/10: Una relevante aportación al debate aquí... y las consideraciones sobre el tratamiento de la incertidumbre, aquí.

9/12/09

Crónicas limeñas: impresiones de un viaje a Perú

Acabo de regresar de un viaje de trabajo de 2 semanas en Perú. No había vuelto a Lima desde el 2004, y tenía interés en observar si estos 5 años de una cierta estabilidad política, después de Fujimori, se habían dejado notar.

Mi impresión, muy subjetiva, es de mejora. Ya en el trayecto desde el aeropuerto hasta San Isidro, durante el que uno puede observar los salvajes contrastes de una gran ciudad de un país en desarrollo, algunos detalles me sorprendieron, sobre todo un nuevo (y corto) trayecto de autopista, que promete ser de peaje, de aspecto en todo similar a la de cualquier país desarrollado. Y obra civil, mucha obra civil, a base de calles levantadas por toda la ciudad. Ya no fui testigo de una de las imágenes que más me impactaron la primera vez que visité la ciudad: la de niños de 6 o 7 años a cargo de sus hermanitos menores, pidiendo en las isletas de los semáforos, en el suelo, entre las dos calzadas repletas de vehículos y esas combis de colores que cogen y escupen viajeros de forma alocada tan características de la ciudad.
Lo que no quiere decir que los niños no sigan allí, en alguna parte.

Lo primero que advierte el primerizo cuando llega a Lima es que las casas tienen tejados planos. No hay tejados a dos aguas, salvo por adorno. Algunas de ellas, las más pobres, ni siquiera tienen tejado. Si uno es más observador, se dará cuenta también de que las calles no tienen bocas de alcantarilla. Entonces uno pregunta, ingenuo, a su interlocutor: ¿qué pasa cuando llueve?. La respuesta es la obvia: aquí no llueve. Bueno sí, me cuentan... una vez llovió. En los 70, dicen que fue. Todo lo más, un orballo a lo asturiano que apenas se percibe.

Lima es una ciudad gris, el color de la capa de nubes que casi permanentemente la cobija... "panza burro", la llaman allí, que es lo que uno ve cuando alza los ojos al cielo. Cuando sale el sol, sin embargo, algunos barrios resplandecen: San Isidro, Miraflores, San Borja, Barranco (y también el centro histórico)... pero eso es otra Lima, la Lima rica, la Lima de los pitucos, de las empresas extranjeras, de los hoteles caros, de las haciendas con seguridad privada recorriendo el barrio. Es la Lima por la que yo me muevo, la que me dicen que no abandone. Sin embargo uno es curioso, y sabe que aquello no es real, es una burbuja, un mundo protegido por un campo de fuerza que está dentro de otro que es el mundo real. Y me asomo, siquiera esporádicamente, al mundo real: Pueblo Libre, por ejemplo (con sus fantásticos museos arqueológicos, por cierto), y más hacia afuera: El Callao, y Ventanilla... allí donde mucha gente vive con 1$ al día.

Me cuentan que el Perú ha seguido creciendo, que apenas ha sufrido los efectos de la crisis (¿porque sus bancos y sistema financiero están aislados del mundo?¿Porque su nivel de pobreza le hace jugar "en otra división"...?)

Pregunto a algunos gerentes de mi empresa, peruanos todos, por la reciente evolución política del Perú. El relato que sigue, subjetivo, coloquial, chusco, no es una crónica rigurosa, no busquéis en ella el rigor histórico, sino más bien el costumbrismo de una conversación de café después de una comida. Es como sigue:

Después de los gobiernos militares apareció un joven Alan García como estrella en el firmamento: oratoria brillante, formado en el extranjero, con promesas de modernizar la economía del país sin olvidar a los más necesitados. Su gobierno, sin embargo, fue desastroso: un gasto social descontrolado, un intento de nacionalizar la banca... la economía entró en una hiperinflación escandalosa, a lo que no ayudó la escalada terrorista de Sendero Luminoso y una respuesta chapucera e indiscriminada de las Fuerzas Armadas.

Aquello propició la llegada de Fujimori al poder, que con unas políticas de choque logró sacar la economía del colapso y ponerla en el buen camino. Pero si Fujimori había llegado al poder en el 90, en el 92 ya había disuelto el Congreso. La deriva autoritaria, el autogolpe y la consecuente dictadura no impidieron, no obstante, que Fujimori fuera reelegido en el 95, y con más problemas en el 2000... hasta que él mismo "desertó" durante un viaje a Japón.

A pesar de lo negativo de esa época, me cuentan, el inefable Fujimori tuvo en su haber algo que se le debe exigir a cualquier político: no joder la economía con extraños experimentos. De hecho, los escasos dictadores que no joden sus economías para muchos años, se sirven de este hecho para legitimar su régimen (Pinochet, Franco en su última época...), apoyados generalmente por esas clases altas y medias que son las receptoras principales de estos beneficios y de otros privilegios... para las que nada importan los desheredados del país, los excluídos del tren económico... abocados estos últimos a una deriva izquierdista de la que ya nos habla nuestro compañero en Neoprogs Stanislao Maldonado, una deriva de cuyos planteamientos rancios y radicales es difícil librarse una vez que el país ha recuperado la normalidad.

Pero volvamos a nuestro relato. Pregunté a mis compañeros por qué Fujimori ganó las elecciones a Vargas Llosa, un tipo con prestigio, muy popular en el Perú... ¿sería quizá que la gente no se fiaba de la capacidad de un escritor para llevar las riendas de un país?. No fue eso, me dicen... lo que causó el rechazo de Vargas Llosa fue su discurso excesivamente "liberal", entendido en Perú como "ultraliberal": privatizaciones, liberalización de los sectores clave... demasiado radical para el electorado peruano.

Después del "affaire Fujimori" ganó las elecciones Alejandro Toledo, derrotando a un regresado Alan García. La descripción que mis compañeros peruanos hacen del tipo es casi caricaturesca: juerguista, borracho, putero... pero dotado de un fuerte encanto personal, donde radica, me dicen, el secreto de su éxito. Las anécdotas sobre su mandato son incontables. Sin embargo, hay que agradecerle, bien sea por dejadez, o por sensatez genuina, o por buen asesoramiento, que no tocara demasiadas cosas de la economía y dejara que lo que parecía ir bien, siguiera bien.

Sin embargo, el Perú no terminaba de salir de unos niveles de pobreza y de desigualdad altos incluso para la región. Perú, como otros países de la zona, es un país con regiones aisladas en selva y montaña cuya población, con fuerte presencia indígena, apenas se siente integrada en la modernización, porque la modernización tampoco cuenta con ellos. En una época en la que Venezuela, Bolivia y Ecuador comenzaban los movimientos indigenistas, populistas, con un falso discurso de izquierda, y potencialmente nocivos para el país, tenía que aparecer alguien como Ollanta Humala para reclamar su cuota de protagonismo en el reino de los Incas.

En este punto se produce uno de los hechos más sorprendentes para un observador lejano de la política de Perú, que es la aparición una vez más de un renacido Alan García, de tan infausto recuerdo, para disputarle y finalmente ganarle las elecciones a Ollanta Humala. "Renacido" a la luz de sus dos años de mandato, incluso físicamente, me cuentan, con el doble de peso y tamaño... y que no sólo no ha cometido los errores del pasado, sino que parece haber aprendido de sus prededesores a no estropear nada de lo que ya funcionaba.

Hoy, el Perú ha ralentizado, casi detenido, su crecimiento económico debido a la crisis internacional, sin embargo la percepción general es que no la está sufriendo demasiado, y sus perspectivas son volver a crecer con vigor los próximos años.

Me presentan la victora de Alan García sobre Ollanta Humala como una muestra de la sensatez del pueblo peruano que, a diferencia de sus vecinos, ha preferido "lo malo conocido" a la deriva indigenista de Ecuador, Bolivia y Venezuela.

Yo, que no creo en eso de "el pueblo peruano ha elegido", "el pueblo español ha hablado claro" y todas esas frases que interpretan los resultados de unas elecciones como si el electorado tuviera una identidad única, sino que creo que los resultados son el agregado de millones de voluntades y motivaciones individuales, no puedo dejar de notar que Ollanta Humala fue el ganador de la primera vuelta, y que si perdió la segunda, por escaso margen, seguramente fue por la mano que Alejandro Toledo le echó a Alan García conminando a sus partidarios a que no optaran por el "autoritarismo".

Pudiera ser que el pueblo peruano fuera más sensato que sus vecinos. Ahora bien, hay algo que ni Alan García ni sus predecesores parecen haber entendido: y es que mientras no integren en su crecimiento a toda la masa de probreza que existe en el país, indígena o no, el Perú no alcanzará el nivel de los países desarrollados, y el peligro de los Ollanta Humalla seguirá existiendo, y no se les podrá culpar por ello.

Un país que cuenta con uno de los índices más bajos del mundo en comprensión lectora, por ejemplo, tendrá muy difícil hacer sostenible la mejora económica, multiplicarla y hacerse un hueco entre los países desarrollados.

Hay que comprender, y es sólo un ejemplo que se replica en muchos países de Latinoamérica, lo que entiende por mejora económica cierta sociedad limeña: como un beneficio y una necesidad para el país, sí, pero en la medida que sirve a su propio bienestar, sin ninguna preocupación por la necesidad de disminuir la desigualdad. Para esta sociedad, los cholos son poco más que un animal molesto al que hay que esquivar por las calles... gente a la que pagas unos soles para que te aparquen y vigilen el coche, para que te empaqueten la compra y te suban las bolsas a casa, para que se ocupen de todas las tareas domésticas por el sueldo mínimo, para que te pongan gasolina, te limpien los cristales, te revisen los niveles y te vayan a la tienda a por tabaco, y así tú no pierdas el tiempo ni te manches las manos. "Menudo nivel de vida disfrutamos aquí", me espetó un ejemplar característico de la sociedad pituca de San Isidro, y no me extraña que lo crea así, con tanto personal dispuesto a servir sin rechistar a tus menores deseos.

¿Estarán dispuestos este tipo de peruanos a ceder parte de sus privilegios en aras de la mejora económica global? ¿Entenderán que la mejora económica, o llega en mayor o menor medida a todo el mundo, o no llegará? Con esta gran masa de excluidos de la modernidad, que no cuentan para nadie, ¿alguien se puede sorprender de que los Chávez y los Evo terminen ganando las elecciones?

¿A quién hay que culpar si Ollanta Humala termina ganando las del Perú? Seguramente, no será a la "irresponsabilidad del pueblo peruano".


ACTUALIZACIÓN  31/12/09: Interesante artículo del expresidente de Bolivia Carlos Mesa, que hace un repaso de los últimos acontecimientos de la región...

3/11/09

¿Es ésta la nueva izquierda?

¿Es ésta?

Pues estamos apañados.

¿O quizás es la que se describe aquí? Atención al último párrafo, porque el autor está llamando a la palestra... a los Neoprogs!!

20/10/09

¿Cuál es el jodido problema de Argentina?

... pues a juzgar por lo que dice un profesor de Economía de Harvard, su problema es la educación.

Para cualquiera de los que conocemos y amamos ese hermoso país, es sobradamente conocido hasta qué punto el país es un desastre, su clase política una desgracia y sus instituciones y sistema político parecen diseñados para mantener al país en la esclerosis y multiplicar la corrupción.

No obstante lo cual, la conclusión de Edward L. Glaeser (por cierto, el artículo me ha llegado a través del blog de Pedro Linares) no ha dejado de sorprenderme, pues siempre he considerado que el país mantenía un nivel educativo razonablemente alto y desde luego superior al de sus vecinos más cercanos.

Os recomiendo que os leáis el artículo de Glaeser en el New York Times, porque es cortito y porque vamos a comentarlo (sí, hoy toca comentario de textos).

El artículo tiene muchos puntos dignos de comentario, e incluso de crítica, porque para aceptar sus conclusiones uno tiene que aceptar que correlación implica causalidad o suponer que el autor ha hecho un trabajo más profundo que justifica sus conclusiones, pero que no le da tiempo a mostrar en tan corto artículo. Vamos a dar por hecho que es así.

La tesis del autor es muy interesante. Muestra una primera gráfica, que reproduzco aquí, donde correlaciona el PIB de varios países en 1909 y en 2000 (aceptemos que los valores son correctos y el pequeño detalle de que la gráfica no incluye más que unos pocos países):



Algo que podemos tratar de dilucidar (también es la intención del autor) es si uno puede sacar ventaja de su posición de partida, es decir, si los que parten de un PIB alto tienen más posibilidades de mantenerlo un siglo después y viceversa. Aunque de la gráfica se puede concluir que existe una cierta correlación, ésta no es demasiado fuerte, o lo que es lo mismo: lo es para un grupo de países, pero hay bastantes excepciones. Entre los que sí se cumple la hipótesis está el grupo de países "desarrollados": Suiza, Dinamarca, Holanda, Bélgica, Alemania, Austria...

Lo más interesante, sin embargo, es fijarse en los que no cumplen. Hay un grupo de países que estaban mal y un siglo después están peor (India, Filipinas, Indonesia, Perú, Sri Lanka...). Otro grupo de países no estaban muy bien pero han remontado su posición: brillantemente Taiwan, Japón y Noruega; de modo más modesto Portugal, España e Italia, quedando en estado intermedio Finlandia.

Pero lo auténticamente relevante, lo que se puede considerar excepcional, es el caso (positivo) de Noruega y el caso (patéticamente negativo) de Argentina (aunque también Uruguay y Chile son bastante negativos).

Fijáos que a principios de siglo Argentina sólo era superada en riqueza por un grupito pequeño de países (tirad una línea vertical que pase por "Argentina"). En el 2000, sin embargo (tirad ahora una línea horizontal) se ha quedado en el furgón de cola junto a México y Venezuela, a los que antes superaba de lejos, y mucho más cerca del grupo de países en desarrollo que del grupo de los desarrollados a los que tanto dice parecerse.

Obviamente, lo que haya ocurrido en el transcurso del siglo XX es lo que explica la evolución que ha tenido cada país y la dispersión que muestra la gráfica, y cada caso es digno de un "análisis de causas" interesante. Todo esto lo obvia el autor, que se centra en el caso de Argentina y trata de buscar la explicación ofreciéndonos una comparación entre Buenos Aires y Chicago y su diferente evolución económica. Cuando el autor busca las causas de este comportamiento tan diferente de ambas ciudades, su tesis es que la menor evolución en el nivel educativo de Buenos Aires (y por extensión, de todo el país) es lo que contribuyó a su progresivo estancamiento y retraso durante la 2ª mitad del siglo XX.

Una vez más nos pueden surgir dudas sobre la metodología del autor: la comparación entre Buenos Aires y Chicago puede ser pertinente, incluso brillante, pero ¿cómo sabemos si sus conclusiones son relevantes? ¿no pueden haber influido otros factores en la diferente evolución? De nuevo nos tenemos que fiar de que el autor ha hecho bien su trabajo y dispone de más información (de hecho tiene algún paper publicado sobre el tema y promete insistir en un futuro artículo).

Fijáos, de todas formas, en esta segunda gráfica de Glaeser, que utiliza para apoyar su conclusión de que ninguna variable explica mejor el éxito de ciertos países en el 2000 que la inversión en educación. Según el autor, ésto no se debe sólo a la relación entre escolarización y tecnología, sino, lo que es mucho más relevante en el caso de Argentina, por la relación entre educación y buen funcionamiento de la democracia.

La gráfica es la siguiente:



En este caso, la correlación parece mucho más fuerte que en el anterior, pero cuidado, porque aquí el autor utiliza una escala logarítmica para el PIB que de algún modo "aproxima" los valores de PIB... es lo malo de guiarse por impresiones ópticas y no disponer de los valores estadísticos que caracterízan la correlación.

No obstante, también a esta gráfica se le puede sacar punta:

  • Hay países, como Perú, Colombia, Argentina, Holanda, Suecia, UK... que se puede decir que su riqueza, mucha o poca, está claramente correlacionada con su inversión en educación. 
  • Hay países que están incluso mejor de lo que su inversión en educación prometía, como Venezuela, Portugal o Italia, y también Chile y España.
  • ... Y países que parecen estar peor de lo esperado, como EEUU y Canadá. Sobre este punto se puede abrir una discusión interesante: ¿hay un nivel umbral en la inversión en educación a partir del cual ésta ya no tiene influencia en la riqueza?

Aparte de todo esto, dejo a la reflexión del lector algún otro caso interesante, por ejemplo:

  • Conclusiones parecidas a las de Argentina se podrían tener para Chile y Uruguay: no eran tan ricos como Argentina (sobre todo Chile), pero eran ricos... y se han quedado también muy retrasados (el que menos, precisamente Chile). 
  • El caso de Noruega es espectacular: tirad una línea vertical por Noruega en la primera gráfica, y comparad su evolución con países que partían de PIB similares, como Finlandia, España o Italia. ¿Es el petróleo Noruego el que lo explica?. Antes de llegar a la ligera a esta conclusión, amigo lector, sugiero observar el caso de Venezuela, México y Gran Bretaña, también con petróleo. Y comparar con países exitosos sin petróleo como Japón o Taiwan (o España, por qué no). Y luego irse a la segunda gráfica y ver cómo estaban en educación todos estos países.
En definitiva, un artículo sugerente que nos ofrece unos gráficos que me han llevado a un par de reflexiones lúdicas que me apetecía compartir con vosotros.

No obstante, el caso de Argentina es tan peculiar, que aunque la tesis "educativa" de Glaeser fuera cierta, aún quedaría mucho por explicar (estas preguntas son de nota, para los expertos que nos leen):
  • ¿Por qué el sistema político del que Argentina se ha dotado no permite el ascenso de políticos medianamente honestos y eficaces, y los que aparecen, son engullidos por el sistema?
  • ¿Cuáles son las raices de la aparición y aparente eternidad del peronismo y del peculiar bipartidismo del país?
  • ¿Cuál es la influencia de la geografía física y económica del país, casi un continente, con un puñado de ciudades modernas y una extensión inmensa (y hermosísima) de tierras salvajes y casi desiertas?
  • ¿Apostó Argentina en exceso por los "bienes de la tierra", como el grano y la carne de vacuno, y después el petróleo y el gas, sin aprovechar sus recursos para crear industria y un tejido productivo más flexible y diversificado?
  • ¿Cómo influyó la dictadura militar (obviamente, no como en Chile)?¿Y las brillantes ideas de Domingo Cavalho con su dolarización?¿O esto sólo son anécdotas de un problema más fundamental?
  • ¿Cómo influye en todo esto el carácter de los argentinos?¿Por qué admiran tanto a los italianos, otro país desastroso de instituciones corruptas (aunque con un tejido industrial bien asentado y una sociedad que avanza en cierto modo al margen de su sistema político)...?
Para finalizar, parafraseo al comentarista deportivo John Carlin (inglés, por cierto), que afirmaba recientemente que el hecho de tener a Maradona en un pedestal, una especie de dios digno de ser admirado e imitado, es la mejor muestra de la decadencia de una sociedad. Lo digo con tristeza, pensando en los buenos amigos que tratan de sobrevivir y sacar adelante aquel país...

2/10/09

Violadores de culto

Uno no puede dejar de sorprenderse ante ciertos manifiestos, cartas de apoyo y demás muestras de solidaridad que diversos colectivos publican cuando algún amiguete está en apuros. Colectivos, por otra parte, compuestos habitualmente por privilegiados y subvencionados que bien poca solidaridad o ayuda necesitan. Como casi siempre, llueve sobre mojado.

Viene esto a cuento de la disputa mediática que ha causado el “caso Polanski”. Como es tema conocido, sólo avanzaré que Roman Polanski, ciudadano francés nacido en Polonia, parece ser tuvo un encuentro sexual no consentido con Samantha Gaymer (Gayley de soltera) cuando ésta contaba 13 años. No voy a entrar en la veracidad o no de la acusación, simplemente dejar claro que Polanski se declaró culpable y que huyó sin haberse finalizado el proceso. Esto significa que es prófugo de la justicia estadounidense y ésta, cumpliendo con su función, dictó una orden de arresto contra él. Tal orden se ha ejecutado en Suiza, hace unos días, donde el director iba a asistir un acto conmemorativo de su carrera artística.

Diversos miembros de la industria del cine y la cultura no han dudado en defender a Polanski ante lo que consideran un atropello. Una lista de personajes como Bellucci, Almodóvar, Scorsese, Allen o Wenders entre otros firmaron una petición de liberación. Estas y otras personas justifican su apoyo por diversos motivos: en primer lugar el tiempo pasado desde que sucedieron los hechos, hace ya 32 años. Otro sería que la víctima ha perdonado públicamente a Polanski. Uno más, que la justicia de EEUU no tiene por qué intervenir contra un ciudadano europeo.

Como tantas veces, me es difícil distinguir si es la ignorancia o es la infamia lo que alimenta tales razones. Me cuesta creer que personas supuestamente cultas puedan declarar cosas como "Deploro, denuncio y me aterra este modo de hacer justicia a la americana...no tiene nada que ver con los cargos de los que se le acusa a Polanski... Polanski ha vivido los últimos 31 años en Francia y eso no significa que los franceses estén a favor del abuso de menores. También hay que destacar que la víctima de tales abusos pidió hace años que se le retiraran los cargos. La forma en que se ha llevado a cabo esta detención es inadmisible. Recordemos que Polanski es un ciudadano francés y que estamos en Europa", tal y como ha hecho Almodóvar. O ya rozando el surrealismo: "Ha sido una especie de acoso y persecución y, aunque no conozco los detalles del caso, me parece que hay asuntos más importantes que atender", según Sánchez Arévalo. Los hay aún peores, pues tuve que escuchar a Fernando Trueba en la televisión decir que lo mejor que podían hacer los americanos era soltarlo y ofrecerle dirigir sus películas en EEUU, a ver si así hacían algo bueno y no la basura que hacen. Sin comentarios.*

Veamos por qué no se sostiene ninguno de los argumentos aducidos en defensa del director. En primer lugar el tiempo que ha pasado desde que Polanski cometió el supuesto delito: Polanski llevó a cabo los hechos por los que se le acusa en Los Ángeles, EEUU, así que ha de juzgársele según las leyes estadounidenses. Algo que desde luego él sabía, como debería haber sabido que mantener relaciones sexuales con una adolescente de 13 años era y es delito aunque tales relaciones sean consentidas. Por lo que he leído, las leyes del estado de California no contemplan la prescripción de este tipo de ilícitos, así pasen treinta o cincuenta años el delito cometido no ha prescrito y Polanski seguirá siendo prófugo de la justicia de los EEUU. Dado que el tratado de extradición con EEUU permitía, y obligaba, a las autoridades jurídicas suizas a arrestar y entregar a Polanski, eso es lo que han hecho: cumplir con la legalidad vigente. Con este mismo argumento se desmonta la supuesta injerencia jurisdiccional de EEUU.

El otro motivo, quizá el más aducido, es que la víctima ha perdonado públicamente a Polanski y que incluso existen grandes dudas sobre si realmente fue una violación o hubo consentimiento. Ambas cuestiones son perfectamente indiferentes al asunto que estamos tratando. Respecto al perdón de la víctima, es labor del juez determinar si supone eximente o atenuante en algún grado, y desde luego no supone la paralización del proceso. La justicia tiene como función retribuir el daño sufrido por la víctima en lo posible, desde luego, pero también tiene otras, como la de prevención del delito. Tal prevención exige la persecución del delito por sí mismo, siendo indiferente a este respecto el perdón de la víctima pues el daño no se causa sólo a ésta sino al orden social. En esencia, nadie está por encima de la ley y todos deben cumplirla o ser castigados por su incumplimiento, más allá de los sentimientos de odio o perdón que tenga la víctima hacia el delincuente.

Respecto a si fue o no fue violación, es un extremo que habrá de dictaminar el juez al finalizar el proceso. De hecho, parece ser que ya se había determinado el delito como relación sexual ilícita con una menor, no como violación, antes de que Polanski decidiera darse a la fuga tras llegar a un acuerdo económico con los padres de la niña.



*Bueno, sí, un comentario me voy a permitir: no sé cómo Trueba se atreve a balbucear tamaña osadía. Qué más quisiera él ser el limpiabotas de tipos como Eastwood, Allen, Scorsese, Spielberg, Haggis, Cohen, Fincher, Docter, Lee, Tarantino y un largo etcétera de directores americanos en activo.
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29/9/09

Si duele es porque hace daño

Hay cierto debate respecto a la progresividad, o falta de ésta, de las medidas tomadas por el gobierno respecto al aumento de ciertos impuestos. Me centraré en la discusión sobre el IVA, que me sorprende no esté muy claro a estas alturas.

El IVA es un ejemplo de libro de impuesto indirecto: una tasa fija sobre el precio de un bien o servicio. Los impuestos indirectos, si se aplican en bienes o servicios que consumen tanto los consumidores de rentas bajas como las de rentas altas, son por definición regresivos.

Un impuesto es regresivo cuando implica que las rentas bajas paguen más porcentaje de su renta al tributarlo. Para dejarlo claro, lo ilustraré con la historia de dos amigos: Juan Lanas y Ricardo Plata.

Juan gana 1.000 euros al mes, tras impuestos directos. Ricardo en cambio gana el doble, 2.000, en las mismas condiciones. Juan y Ricardo han quedado para ir al cine y tomar algo el pasado fin de semana. Se lo pasaron teta viendo "Inglorious basterds" en los Renoir, cuyas entradas costaron 7 euros cada una. También cenaron antes de la sesión, una cena en el Adrish que les salió a 20 euros cada uno. Después del cine se fueron a tomar cervezas de importación al Kloster, donde se dejaron otros 15 euros por barba. Sabiendo que iban a salir cocidos como cangrejos, ambos utilizaron el transporte público: dos euros cada uno.

Hagamos cuentas:

Cine: 7 euros, 16% IVA: 1.12 euros
Cena: 20 euros, 7% IVA: 1.4 euros
Kloster: 15 euros: 7% IVA: 1.05 euros
Transporte : 2 euros: 7% IVA: 0.14 euros
Emborracharse con un amigo: no tiene precio.
Suma total pagada en concepto de IVA por cada uno de ellos: 3.71 euros

De donde resulta que Juan se ha dejado un 0.371% de su renta mensual en pagar el IVA de ese día, mientras que Ricardo se ha dejado exactamente la mitad: un 0.185%

Al mes siguiente, ambos amigos deciden comprarse un coche. Juan decide comprarse un Fiat Grande Punto que sale por 12000 euros. Ricardo puede permitirse algo más pintón, por lo que se decide por un BMW serie 1. Pagará por él 21000 euros.

Hagamos cuentas:

Fiat Grande Punto: 12000 euros, 16% IVA: 1920 euros
BMW serie 1: 21000 euros, 16% IVA: 3360 euros

De lo que se deduce que Juan se ha dejado en el IVA de su coche un 13.71% de su renta anual (14.000 euros, el chaval al menos tiene pagas extra), mientras que Ricardo sólo ha tenido que aportar el 12% de la suya (28000 euros), a pesar de haber adquirido un coche más caro.

De hecho, el IVA tiene tramos (superreducido del 4%, reducido del 7%, común del 16%) en parte para mitigar esa regresividad, gravando menos los productos básicos, pues éstos suponen un porcentaje mayor de la cesta de compra de un consumidor de renta baja respecto al consumidor de renta alta. El gobierno ha decidido no tocar el tipo superreducido del 4%, con lo cual atenúa, pero no elimina, la regresividad de la medida. ¿Por qué? Porque el tipo superreducido se aplica sólo a bienes considerados indispensables (leche, pan, huevos, libros, medicinas y poco más) que suponen una parte pequeña de la cesta de compra de los consumidores.
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25/9/09

Economic professors street boxing session... o "Ensalada de tortas entre universidades americanas"

...En el principio fue la crisis...

...y después de la crisis, algunos empezaron a preguntarse en qué había fallado la Macroeconomía, sus teóricos, sus practicantes y sus seguidores...

Y entonces llegó Krugman y escribió un artículo-resumen en el New York Times, enlazado en mi anterior entrada, donde exponía su postura. Y como Krugman es bastante macarra y siente un especial placer en atizarle a otros miembros de la profesión, la tomó (y con razón) con la Escuela de Chicago y algunos de sus más prominentes miembros... y también con algún prominente departamento de Economía de lo que él llama "freshwater economics" (los "nuevos clásicos" que, al parecer, suelen encontrarse sobre todo en universidades "del interior" como Chicago, Arizona State o Washinton U. in St. Louis... por oposición a la "saltwater economics", algo así como los "keynesianos", al parecer más fáciles de encontrar en universidades regadas por el mar, como Harvard, Princeton, Berkeley, el MIT...)

Como no podía ser de otra forma, la respuesta de estos últimos ha sido furibunda, llamando a Krugman de todo menos bonito, y en lo que es ya un clásico en la historia del quehacer de los economistas, acusándole de lo mismo que él los acusaba a ellos: básicamente de no tener ni pajolera, de no haber estado atento a las investigaciones de los últimos 20 años, etc.

Es mejor que os leais este artículo de Bradford Delong (profesor en Berkeley) donde hace un extracto de algunas respuestas de dichos profesores al artículo de Krugman y las ridiculiza sin piedad: los 7 magníficos.

Como yo siento una mórbida fascinación por estos combates, los estoy siguiendo con cierto detalle... porque, a diferencia de lo que piensa mi amigo Citoyen, creo que encierran mucha más profundidad que una mera pelea retórica entre escuelas económicas, una de las cuales (Chicago School) parece haber perdido el tren de la historia. Vosotros también podéis hacerlo siguiendo los enlaces que el propio Delong va poniendo en su blog, o desde el blog de Greg Mankiw (que de momento se mantiene como espectador...).

Aunque yo estoy con Delong, Krugman, Shiller, etc., lo que me fascina es de qué manera se sacuden entre sí profesores de universidad que se suponen punteros en lo suyo, algunos de ellos premios Nobel... y hasta qué punto difieren en sus conocimientos, y en sus apreciaciones, sobre su materia de estudio. Es preocupante lo que dice Delong en su conclusión:

"The scary thing is the level at which they are wrong: these are all freshman (ok, sophomore) mistakes--yet the seven include two past (and a year ago I would have said three future Nobel laureates in Economics).

If this doesn't frighten you, you aren't paying attention..."


(Fleshman= alumno de primer año; Sophomore= alumno de 2º año)


Pero para mi, lo más preocupante lo describe bien uno de los comentaristas del blog:

"As an economic outsider reading blogs from all sides of the political spectrum and trying to make sense of the economic events of recent years, it is almost impossible to make sense of the magnitude of disagreement in your field. Is it really possible that economists from top rank departments, some with Nobel prizes, are really making elementary, undergraduate errors? If so, how in the world is this possible? How can disparate groups of top-ranking scholars consider the members of other groups as complete idiots? What does this say about the field as a whole? I cannot recall or imagine something comparable occurring in any physical science.

The spectacle is startling and mesmerizing."



Este tipo de "espectáculo", tan característico de la Economía, muestra hasta qué punto ésta está marcada por la ideología: hasta el punto de marcar diferencias sustanciales en lo que se enseña en las distintas universidades (esto a modo de reflexión para los que gustan del modelo americano de Universidad), hasta el punto de que los economistas de unas universidades no están al tanto de lo que se investiga en otras, si son de "otra escuela", o lo ignoran y lo desprecian.

Esto refuerza mi idea sobre la "falta de un conocimiento establecido", compartido por los economistas y fuera de discusión... o al menos que existe, pero su alcance es muy pequeño.

Seguiremos reflexionando sobre el tema...

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15/9/09

Réquiem por (algunas ideas de...) Paul Samuelson


¿Por qué me resulta tan decepcionante este artículo de Paul Samuelson?
¿Por qué me causa tanta zozobra?

Quizá porque, a diferencia de lo que hace Krugman en este otro, donde da cuenta del desastroso estado de la Macroeconomía en este 2009, el año post-debacle, y apunta tímidamente dónde pueden estar los problemas de la visión económica al uso... Samuelson se siente en la necesidad de echar balones fuera y morir matando.

Y no asumir ninguna responsabilidad en la construcción intelectual de dicho armazón económico al uso. Sólo se permite este escueto párrafo, un tanto confuso entre el resto de ataques del artículo:

"Puede que yo y otros compañeros del MIT de Chicago, de Wharton, Penn y otras universidades, lo pasemos mal cuando nos enfrentemos a san Pedro en las puertas del cielo."

¿Cómo se puede despachar un asunto tan espinoso, tan en boga, y en realidad tan apasionante, como es la utilización de fórmulas y modelos matemáticos que "mágicamente" ponen precio y proporcionan un valor medible al riesgo de los derivados financieros y las carteras de valores, con esta frase:
"(...)directores generales desde Nueva York hasta California. Ninguno de ellos entendió nunca nada de las fórmulas de Black, Scholes y Merton para valorar activos."

O sea, que como él mismo dijo de Alan Greenspan, y como criticamos desde este blog, todo se debe a la avaricia de los banqueros y los gestores de Wall Street...

Qué decepción, señor Samuelson. Claro, que tiene que ser muy duro admitir en la vejez que quizá, sólo quizá, parte de lo construido durante una vida (y bien regado con premios y con prestigio), pueda tener menos enjundia de la que uno creía. Que detrás de tanta "ciencia" había mucho de apariencia.

¿No hubiera sido el momento de reconocer, como Krugman esboza en su artículo, que a lo mejor hay que repensar la disciplina y dotarla de nuevos enfoques y nuevas herramientas? ¿Que el "sueño matemático" se ha acabado, hasta cierto punto?¿Que la Economía no es, ni puede ser, ni tiene por qué ser, como la Física?

ACTUALIZACIÓN1: ¿Adaptar los modelos a la realidad o la realidad a los modelos? Un poco más sobre el tema, aquí...

ACTUALIZACIÓN 2: Y con más profundidad, este grandioso artículo de Eichengreen... merece la pena leerlo entero.

ACTUALIZACIÓN 3: La aportación de Robert Shiller, aunque ésta la esperaba... al fin y al cabo, es uno de los pocos economistas que puede reivindicarse en las actuales circunstancias...
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8/6/09

SOBRE EL CAMBIO DE MODELO PRODUCTIVO (1ª PARTE). Algunos conceptos básicos: “ventajas comparativas”, “productividad” y “sectores de alto valor añadido

A raíz de la entrada de Egócrata hablando de la “ventaja comparativa”, y de la continuación de Citoyen comentando la idea de la diversificación del modelo productivo de un país, me parece relevante profundizar en un par de ideas al respecto. No pretendo con ello hacer una réplica a ninguno de los dos, pues estoy básicamente de acuerdo con ellos, sino que quiero aprovechar para hablar de varios temas que hace tiempo que me rondan por la cabez…ota.

El enfoque que le da Citoyen al problema de la diversificación es recordarnos que el modelo de especialización del trabajo ha dado resultados espectaculares porque incrementa la eficiencia y permite aprovechar economías de escala. Un país que se especialice en aquello en lo que tiene ventaja comparativa es una gran idea, dice, pero supone asumir un riesgo sobre todo a largo plazo, ante cambios imprevisibles en el mercado. Para gestionar este riesgo, Citoyen propone asegurar ese riesgo de dos maneras: mediante transferencias entre Estados y mediante transferencias hechas a través de los mercados de capital.

Citoyen se ha remontado a unas alturas a las que yo no llego (no es una crítica, es por eso que me gusta leerle, entre otras cosas, je, je…). Aparte de que tengo mis reservas con eso de aplicar el Taylorismo a todo un país (un país entero nunca se especializa en una sola cosa, ni en dos, ni en tres…pero me lo tomaré como una metáfora)…aparte, digo, está el hecho de que se me escapan por completo las sutilezas de tales mecanismos que presenta Citoyen. No obstante lo cual, no los descarto como mecanismos de gestión del riesgo que puedan ser adicionales a otros más pegados a la “economía real”, que son lo que me gustaría comentar en esta, y sobre todo en la siguiente, entrada.

Ahora que llevamos varios meses hablando en blogs y comentarios diversos sobre cambiar el modelo productivo, abandonar sectores de poco valor añadido como la construcción, sobre la necesidad o no de una política industrial, etc., me gustaría desbarrar un poco sobre varios conceptos que están en la boca de todo el mundo: ventajas comparativas, productividad, sectores de alto valor añadido, diversificación. Así que vamos allá, querido lector…

Dos conceptos peligrosos: “competitividad internacional” y “productividad”

Cuando oímos y leemos a cualquiera sobre lo que debe hacer España para salir de la crisis, todos vienen a decir algo así como que debemos aumentar nuestra productividad para ser más competitivos, porque si no otros países se nos comerán por los pies… y cambiar el modelo productivo hacia sectores de más valor añadido que el ladrillo y el turismo de sol y playa, como medio infalible para reducir el paro y competir en la economía internacional en la 1ª división, y bla, bla, bla…

Se manejan aquí dos conceptos que califico de “peligrosos” porque tenemos una fuerte tendencia a simplificarlos: su significado es engañosamente sencillo, se prestan a dar mensajes potentes, aparentemente comprensibles por todo el mundo, y por lo tanto se prestan a que políticos y “expertos” hagan demagogia con ellos, cuando no una mera exhibición de ignorancia. Sin embargo, las sutilezas de ambos requieren de un análisis más profundo. Este análisis, del que hablaré a continuación, no es mío, claro, sino de economistas como Krugman, Solow, Ricardo… (pues aunque me meta mucho con los economistas, me gusta leer a los buenos). Simplemente apuntaré un par de ideas que he creído entender de sus escritos.

La competitividad internacional: la idea de que los países compiten entre ellos por un trozo del pastel del comercio internacional, y que si uno se queda retrasado se verá lastrado en sus niveles de vida, verá incrementar su paro y poco más o menos se verá conducido irremediablemente a la ruina… es, sencillamente, falsa. El comercio internacional no es un juego de suma cero: dos países con intercambios comerciales se verán mutuamente beneficiados de dicho comercio, independientemente de que uno sea muy productivo y otro muy poco, uno compita por la vía de los bajos salarios y otro por la vía de las ganancias de productividad.
Esto de la competitividad está en boca de todo el mundo, y se relaciona habitualmente con el concepto de “ventaja comparativa”, por eso lo he traído a colación… pero normalmente se malinterpreta. Desde David Ricardo, se sabe que un país siempre encontrará una gama de bienes en los que tenga “ventaja comparativa”, y podrá comerciar ventajosamente con ellos, aunque no tenga bienes en que se dé una “ventaja absoluta”.

Seamos claros: es inteligente que un país trate de explotar aquel sector en que tiene una ventaja comparativa, no digamos ya si la tiene por razones naturales o climáticas (by the face, vamos): España tiene sol, pueblos encantadores y muchas playas. Pero esto también lo tienen otros países… sin embargo, España ha sabido posicionarse como destino turístico de primer nivel en todo el mundo: la oferta hotelera es mucha, variada y de muy buena calidad, las playas están limpias y llenas de servicios, la gastronomía se está explotando con inteligencia en casi todas las provincias, etc., etc. Esto es una apuesta inteligente independientemente de que sea un sector de “bajo valor añadido”, y sería estúpido no trabajarlo.
(Lo que no sería inteligente es “especializarse” absolutamente en este sector. Volvemos a lo de no poner todos los huevos en la misma cesta)

Profundicemos un poco en la idea tan repetida últimamente de apostar por sectores “estratégicos” y de “alto valor añadido” para poder “competir”. Normalmente, además, se reclama que esta apuesta sea dirigida desde el gobierno en forma de política industrial. Mis objeciones son dos:

1º.- Los sectores de mayor valor añadido no son los que se piensa habitualmente.

Hay una tendencia casi general a referirse al sector de la alta tecnología y a ponerlo como ejemplo de sector de elevado valor añadido. Esto en general no es más que un prejuicio del imaginario colectivo. Lo lógico es que los sectores con mayor valor añadido por trabajador sean los muy intensivos en capital. No es el caso de los microchips ni de los componentes aeronáuticos, sectores usualmente considerados de alta tecnología. Os adjunto una tabla que, aunque referida a EEUU y un poco antigua, creo que ilustra de sobra esto que digo (Paul Krugman. Foreign Affairs. marzo-abril 1994):







Resulta que los sectores de mayor valor añadido son las industrias pesadas tradicionales. Algo en lo que probablemente nadie está pensando cuando reclaman una reorientación de la política industrial.

2º.- Conocer cuáles son o van a ser los “sectores estratégicos” es complicado. Esto tiene un elevado riesgo de metedura de pata, de orientar mal la política y desperdiciar tiempo y recursos.

Me apoyaré simplemente en una cita de Krugman en el número de julio-agosto de 1994 en Foreign Affairs:

“A lo largo de los últimos diez años un gran programa internacional de investigación ha explorado las posibilidades de las políticas comerciales estratégicas. De él se desprenden dos grandes conclusiones. Primera, la designación de las industrias que deberían recibir ayuda estratégica o la forma y niveles apropiados de ayuda son muy difíciles de determinar. Segunda, aunque la política comercial estratégica tuviese éxito, las ganancias derivadas de la misma es probable que sean muy modestas.”

La productividad: es un concepto misterioso, no en su definición formal (=output por hora trabajada), pero sí en qué mecanismos la hacen crecer, sobre todo a nivel de todo un país.

Kantor tiene una entrada fantástica en la que compara la “productividad” con la “constante cosmológica”, como un factor de ajuste de las ecuaciones del que en realidad lo desconocemos todo. En realidad fue un famoso trabajo de Solow para el gobierno de los EE.UU. el que introdujo el término “productividad” como “la medida de nuestra ignorancia”, pues servía para explicar el crecimiento de la economía cuando no se recurre a movilización de los factores (capital, trabajo, recursos naturales…)… pinchad el enlace, que Kantor lo explica mejor que yo.

El caso es que se terminó definiendo de forma vaga como “la mejora en la utilización de los recursos y los procesos de trabajo”, esto es, usar mejor el pico y la pala: con una cadencia más rítmica, con palas para zurdos y palas para diestros, con palas de diseño más ligero y efectivo, con especialistas en picar y especialistas en dar paletadas… en fin, toda una gama de posibilidades para que se obtenga un mayor resultado de un mismo volumen de factores.

A nivel individual de una empresa o de una actividad productiva, el tema de la mejora de los procesos de trabajo es el área de actividad de la ingeniería industrial (en su acepción anglosajona) o ingeniería de organización (en sentido español). Estudio de “métodos y tiempos”, se le llamaba tradicionalmente, aunque ahora ha evolucionado a temas con mucho más glamour. Casualmente, es a lo que me dedico…

El problema, una vez más, es aplicar estas “mejoras de procesos” al conjunto de las actividades productivas de un país entero. Aquí sí que empezamos a pisar terreno resbaladizo.
Si ya es difícil, y os aseguro que lo es en muchas ocasiones, encontrar en una empresa individual o en un área de la empresa la manera de mejorar la productividad de sus trabajadores, no digamos ya si intentamos mejorar la productividad de todo un país.

¿Merece la pena, entonces, buscar mejoras en la productividad?

Las mejoras de productividad, a persar de lo dicho, son como las meigas: existir, existen. Y tienen una propiedad fundamental: aunque no sepamos muy bien cómo manejar esto de la productividad, la teoría económica nos dice que la tasa de crecimiento de la productividad de un país está directamente relacionada con la tasa de crecimiento en el nivel de ingresos de sus trabajadores, y por tanto, con la mejora de su nivel de vida.

Pero cuidado, pues este resultado puede tardar años en verse reflejado en este nivel de vida. A corto plazo, incrementos de productividad como los asociados por ejemplo a una mayor mecanización y automatización de una industria pueden reducir el nivel de empleo en esa industria, y a largo plazo reducir el peso de esa industria como “empleador” en el conjunto del país (aunque esto último ya tendría poca importancia, pues la mejora ya se habría trasladado al resto de la economía).
Por lo tanto, podemos observar que esto de los incrementos de productividad tiene muchas sutilezas.

Volvamos a las meigas… como las mejoras de productividad, nadie sabe cómo aprehenderlas. Las mejoras de productividad tienen que ver con la innovación, con la mejora tecnológica… pero en el sentido amplio en que los economistas usan el término, que no es (sólo) lo que normalmente se entiende por I+D, sino algo a veces mucho más sutil, relacionado con el cómo se hacen las cosas. Y lograr mejoras en este “cómo” a veces alcanza la categoría de arte, pues a menudo tiene que ver con algo tan cualitativo como las relaciones organizativas, el management de equipos, los procesos de planificación del trabajo… y a menudo sólo se consiguen estas mejoras si logras la motivación y el compromiso de todos los empleados, no sólo la cadena de mando sino hasta el último operario.

Lo repito de nuevo: a nivel de una empresa individual, existen profesionales, o bien de la plantilla de la empresa (como yo mismo) o bien consultores externos, que se dedican a tratar de mejorar la productividad de las distintas áreas y departamentos. El problema puede abordarse con toda una gama de métodos, desde los más simples (casi “a ojo”) como los más sofisticados (6-sigma, investigación operativa…)… y pueden dar resultados espectaculares (filosofías Just in Time, Lean Manufacturing, y un larguísimo etc…), resultados dudosos, o ser simplemente retórica de consultor.

Cuando tratamos de aplicar todo esto al conjunto de un país, y no digamos ya dirigirlo desde un ministerio, ya podemos imaginar la dificultad de la empresa, y lo dudoso de sus resultados. Al final, estas mejoras de productividad, si se consiguen, serán por agregación de las pequeñas o grandes mejoras en la productividad de cada una de las pequeñas y grandes empresas que operan en dicho país. Esto, se puede medir en términos agregados (mediante una “cte. cosmológica”, je, je), pero es muy difícil saber qué teclas tocar y de qué modo para que dicha constante deje de serlo y empiece a crecer de forma sostenida.

¿Entonces… cómo resolvemos este rompecabezas?

Una vez llegados a este punto, podemos retomar las preguntas interesantes:
- ¿Es bueno que un país se especialice en un sector en el que tiene ventaja comparativa?

- ¿Se pueden crear desde el gobierno “ventajas comparativas”?¿Merece la pena impulsar estas políticas?

- ¿Cómo puede una “política industrial” apostar por los sectores adecuados?¿Debe haber “política industrial”, al menos en el sentido descrito?

- ¿Es buena la “diversificación”? ¿Cómo puede un país impulsar la diversificación? ¿Cómo aseguramos que no haya una excesiva dispersión de recursos?

…bueno, amable (y paciente) lector, para indagar en las respuestas, ¡tendrás que comprar el próximo capítulo!

14/5/09

CRITERIOS (I)

Introducción:

Uno pasea por la blogosfera con el buen ánimo de aprender de unos y otros. Hace solamente quince años encontrar tantas opiniones y tantos opinantes preparados al alcance de la mano era impensable. Por desgracia, también te encuentras a menudo con vociferantes repetidores de consignas, cuevas vacías que hacen eco de voces que no son suyas. Intuyo ciertas similitudes entre los habladores que componen esta última categoría. A pesar de que entre ellos los hunos griten lo contrario que los hotros, son más las cosas que los unen que las que los separan.

Creo que la característica que los define es que sus criterios a la hora de juzgar ideas, acciones o hechos son siempre dogmáticos. Es decir, que han plantado firmemente sus pies sobre tales o cuales ideales, prejuicios o creencias y se niegan a moverse de ahí, y mucho menos a que les muevan. Cuando lo hacen es para volver al mismo sitio, a ser posible seguidos de una claque entusiasta contratada para el viaje. Algunos claman por su sacrosanta libertad siempre mancillada por el estado expoliador. Otros pelean enfurecidos por su particular nación, oprimida por otra más grande y con bigote o amenazada por otra más pequeña tocada con Txapela o Barretina. Aquéllos exigen justicia, igualdad y el Plus pál salón. Sea el tema que sea, sea quien sea el que lo protagonice, sus consignas siempre son las mismas y la realidad entusiásticamente desatendida.

La postura contraria, la de tener claro desde un principio a dónde quieres llegar pero no el camino que hay que seguir, es incómoda por dos motivos: uno, que exige el esfuerzo de obligarte a conocer el terreno que pisas y de saber adaptar tu ruta a éste, y no al contrario. La otra es que los que están sentados cómodamente en sus principios irrenunciables te tiran piedras desde su agujero, donde no ven nada pero les jode que vengas a traer noticias de fuera.

La ventaja es que es la única que permite adoptar estrategias lo más coherentes posibles con la realidad y que así éstas sirvan de algo. En el siguiente post hablaremos más de ello.
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10/5/09

¿Irracionalismo voluntario o bola de nieve desbocada?

Mi anterior entrada ha sido elogiada por Egócrata (cosa que le agradezco de veras) en un post titulado Irracionalismo voluntario. En él, Egócrata hace una interpretación de una parte muy concreta de mi entrada anterior, que me ha sorprendido un poco, pues a mi no se me había ocurrido considerarlo exactamente de ese modo. La cosa vendría a ser algo así: la actitud de los distintos actores que participaron (participamos) en la burbuja inmobiliaria se podría considerar de irracional "a propósito", a sabiendas, puesto que todos estaban ganando dinero. Y particularmente la del gobierno, de un "optimismo irracional" al proclamar el milagro español desoyendo las señales de alarma, "como una justificación gloriosa del status quo".


Citoyen le discute esta teoría en otra entrada ("Por qué nadie predijo la crisis III: ¿optimismo irracional?"), en la que generaliza el problema al de entender cómo se forman las creencias colectivas, los patrones de comportamiento generales a partir de ciertas actuaciones "descentralizadas". Citoyen nos habla de la formación de opinión como deseo de pertenecia a un grupo así como la confianza otorgada a ciertos referentes... e incluso mecanismos psicológicos o evolutivos como la disonancia cognitiva.


No es mi intención comentar el post de Citoyen, que trata un tema más profundo y general que el caso concreto de la burbuja inmobiliaria española, pero sí me gustaría hacer alguna matización. Aunque estoy de acuerdo parcialmente con alguna de las cosas que dicen ambos, creo que no hace falta ir tan allá para explicar el comportamiento de los agentes en la burbuja inmobiliaria española. Egócrata habla de optimismo irracional y, sí, ciertamente lo hubo entre muchos de los agentes implicados... Citoyen habla de disonancia cognitiva y, sí, muchos se dejaron arrastrar por la corriente generalizada de opinión ("los pisos no bajarán nunca", "nadie va a vender su piso por menos de lo que le costó", y cosas así...)


Mi problema con ambas entradas, sobre todo con la de Citoyen, es que parecen desprender (reconozco que por un sesgo de interpretación mío, no probablemente por la intención de los autores) una idea de "alucinación colectiva"... caricaturizando mucho, es como si todo el mundo, en el período de la burbuja, se hubiera dejado arrastrar por las promesas de luz y redención de una secta mesiánica... que sólo puede acabar en desastre, claro.

Pero no nos engañemos: la mayoría se vieron (nos vimos) arrastrados por los acontecimientos aun siendo hasta cierto punto conscientes de que el castillo de naipes podía derrumbarse en cualquier momento. Por eso yo hablaba de "inevitabilidad" en mi anterior entrada. Este tema sí que me fascina, ya lo he mencionado en algún post anterior sobre la crisis internacional: cómo los que lo vieron venir no pudieron saltar del barco a tiempo.


No creo que haga falta recurrir a muchos mecanismos psicológicos... no es que todo el mundo sufriera una especie de alucinación colectiva que le hiciera inmune a los peligros de quedar entrampado en la burbuja. Eso puede valer para algunos, pero una burbuja como ésta no se explica sólo por la actuación de un grupo demasiado ignorante, o inconsciente, o excesivamente osado con sus inversiones. No todo el mundo era inconsciente de lo que estaba pasando, y de lo que podía pasar. Sencillamente NO PODÍA escapar de esta dinámica: ¿qué incentivos tiene uno para ser el único que abandona una fiesta en la que todo el mundo está ganando (aparentemente... luego volveré sobre esto)?

Lo repito una vez más: el esquema de incentivos era tal que todos, absolutamente todos los agentes, PARECÍAN salir ganando: compradores de pisos, bancos, tasadoras, notarios, promotores, constructoras, empleados de la construcción, gobierno (vía impuestos, reducción del paro y asimilación de mano de obra inmigrante), ayuntamientos (cuyas necesidades no resueltas de financiación, para ofrecer servicios a los ciudadados, más allá de corrupciones evidentes, son bien reales...)

Y, no lo olvidemos, la mayoría de estos agentes ganaron, ya lo creo que ganaron... incluso los eslabones más débiles de la cadena, como luego se vió dramáticamente: trabajadores de la construcción, promotoras e inmobiliarias, particulares que compraron y vendieron cuando el precio aún estaba subiendo... todos ganaron en algún momento del ciclo... para todos ellos, no había ninguna "alucinación": si estás ganando dinero, ¿cómo vas a ser el único "tonto" que abandone la fiesta?

Es como si todos hubiéramos jugado a un juego consistente en dar un soplido a un globo para hincharlo cada vez más, y con cada soplido, uno trincaba dinero. Sí, es cierto que muchos inconscientes soplaban sin tener ni idea de lo que podía pasar... pero otros muchos sabían perfectamente lo que iba a pasar... aún así soplaron, en la esperanza de que no fuera su soplido el que hiciera estallar en globo. Y, la mayoría, teníamos razonables dudas sobre la cosa, pero no nos quedó más remedio que soplar, cruzando los dedos para apartarse de allí antes de que la cosa estallara.

Y a muchos les salió bien: a todos los que se apartaron con sus ganancias antes de que el globo estallara. ¿A quién le salió mal, entonces?: a los últimos que llegaron, a los que les estalló el globo en pleno soplido... ¿y sólo a esos??? No, por desgracia no sólo a esos. Porque el problema de esta metáfora es que muchos agentes, no es que estuvieran ganando dinero directamente, sino que estaban ADQUIRIENDO UNA DEUDA. Y el que no midió bien sus riesgos, que fueron muchos, y no sólo particulares, sino también inmobiliarias y bancos, ahora están entrampados hasta las cejas.

Qué ironía: parte de la alucinación colectiva se materializaba en la frase: "utiliza tus ahorros para comprarte una casa, que eso sí es una gran inversión"... efectivamente, era como una inversión en bolsa, ASÍ DE ARRIESGADA, ASÍ DE VOLÁTIL, y como toda inversión en bolsa, puede subir, puede bajar, y se puede desplomar. Por lo que ahora, muchos "inversores" han perdido dinero... han comprometido sus ahorros de toda la vida en una casa que pronto valdrá la mitad. Y la cosa no irá del todo mal si sólo compraron para vivir en ella y mientras no se queden en paro...

Se me ocurren dos preguntas, para finalizar el comentario.

- Se ha destruido riqueza. ¿Es lícito pedir cuentas a alguien?
Está claro que muchas de estas inversiones, fallidas, no eran inconscientes ni inocentes... muchos de los que han perdido en este juego tendrán que pagar las consecuencias sin más. Esto lo explica mucho mejor que yo Kantor en este post, y Michael Boldrin en este artículo: es imprescindible que los leáis.

¿Y para los trabajadores que quedan en paro y las pequeñas empresas arruinadas, para los que no manejan este tipo de información? ¿Es lícito pedir cuentas a los gobiernos de turno? ¿Podían hacer algo los gobiernos, cuando el paro se estaba reduciendo tanto (incluido el inmigrante) y los indicadores parecían ir tan bien?

- ¿Son suficiente los indicadores y señales de alarma que se utilizan habitualmente?
Citoyen dice en su post que "todo esto ocurrió porque los datos eran ambiguos".
No me parece suficiente justificación. Si los datos eran tan ambiguos, si los indicadores eran tan interpretables... HAY QUE CUESTIONARSE LOS INDICADORES. Y a quien los interpreta. Si no, todo esto volverá a pasar.

Dejemos ambas cuestiones para otro post, o para las aportaciones del simpático lector.

2/4/09

El fin de la infancia


Casi todos los domingos paseamos, Vicky y yo, por la Dehesa de la Villa. Me hago viejo y tengo, claro, costumbres de viejo: repetidas, tranquilizadoras. El último domingo, a la vuelta, nos encontramos con una charanga, apenas cuarenta personas tras una pancarta y dos muñecos grandotes guiados por cordeles. Casi todos ellos iban disfrazados, casi todos con festivas pinturas de guerra. El lema que les precedía era algo así como "Por un barrio solidario y mestizo”. Hacían ruido de tambores y juegos de malabares.


“Yo también estoy por un barrio mestizo y solidario”, dije, “pero no hago ruido”. Vicky respondió: “entonces nadie lo sabrá” .


Tenía razón, como tantas veces. Me pregunto cuándo empecé a sentirme ridículo al defender ideales. Qué día me encontró revolviendo cifras y gráficos, tratando de comprender las cosas desde lejos y, desde luego, sin hacer ruido. Cuándo sustituí palabras como “bueno” o “injusto” por “retroalimentación positiva” o “desestabilizador”. Cuándo me abandonó la inocencia y me casé de penalti con la ironía.


Hace tiempo conocí a un chaval, muy majo, que a veces llevaba una camiseta roja. En blanco, en tipos grandes, estaba escrito: “Non serviam”. Y un poco más abajo, dejándolo claro: “Orgullo obrero”. Yo quise hacerme una camiseta parecida, ya digo que fue hace mucho tiempo, pero como tantas otras cosas, se me olvidó.


Ahora ya no podría ponérmela: combinaría fatal con la barriga, combinaría fatal con mi cinismo, combinaría fatal con las canas y con mis amigos. Supongo que con mi inocencia pasó lo mismo y por eso se largó, sin dejar siquiera un mensaje escrito con pintalabios en el espejo.

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