6/2/09

Grandes soluciones para la crisis

Joder, luego dicen que nuestras Pymes no se estrujan la cabeza. El restaurante en el que como a diario ha decidido tomar la sartén por el mango (nótese lo bien traída que está la expresión) y plantarle cara a la crisis de la manera en que dicen los grandes gurús: ¡innovando!

"¿Cómo puedo incrementar mi margen?" -habrá pensado el valiente encargado. Y no ha necesitado un sesudo análisis de procesos, ni un off-site en El Escorial con toda su gente, ni una sesión de team-building, ni todas esas zarandajas a que nos tienen acostumbrados las grandes firmas... no, hombre, no, ¡si sólo hay que pensar un poco!... y hete aquí la primera solución, la que abrirá el camino para otras innovaciones, cómo no se les habría ocurrido antes:

LA TORTILLA DE ATÚN, SIN ATÚN.

Si a ustedes les parece que estoy de cachondeo, es que no han entendido la sutileza del asunto. Si la idea es tan buena, es porque comparte una característica fundamental con otras grandes ideas: perfecciona radicalmente algo que ya existe y ha sido ampliamente utilizado, pero con dudoso éxito, por otros restaurantes de toda índole: LOS GUISANTES CON JAMÓN, SIN JAMÓN.

¿En qué consiste el perfeccionamiento? Muy sencillo. Los guisantes con jamón, sin jamón, tienen un problema: el cliente detecta rápidamente que no hay jamón. Eso puede traer consecuencias indeseables que pongan en riesgo el incremento del margen: el cliente puede quejarse, puede pedir el jamón, o puede no volver al restaurante porque siente que le engañan (sí, sí, de radicales está lleno el mundo...).

Sin embargo, examinen ustedes la perspicacia del encargado: en la tortilla de atún, sin atún, el cliente no detecta si hay atún o no, al menos hasta que lleve comida media tortilla!!! Porque uno puede estar despistado, charlando animadamente con la nueva becaria de la oficina... o, fíjense en la sutileza, uno siempre puede pensar que el atún no está uniformemente distribuido y que lo encontrará en la segunda mitad de la tortilla... Y llegados a ése punto... ¿vas a discutir con el encargado si había o no había atún? El encargado siempre puede objetar que el atún estaba muy picadito, y que indudablemente ya te lo habías comido, y quizá no te hayas dado cuenta porque no haces más que mirarle los "ojos" a la becaria...

Señores, me quito el sombrero. Luego dicen que España no innova...

2/2/09

Hermanos, he visto la luz

Quiero ofrecer noticias que seguro conmocionarán a más de uno. A mí me han hecho perder toda la fe que tenía en los ideales progresistas que me inculcaron desde la infancia. ¿No habría sido mucho mejor aceptar la educación tradicional que me ofrecía, acompañada de muestras de afecto y tocamientos, mi colegio de curas?¿No habría sido mejor, digo, haber abrazado la fe cristiana cuando aún no sabía pensar?¿No debería haber aceptado los principios económicos neoliberales a pesar de poder leer, sumar y restar, conocimientos que me empujaron a desecharla sin darle una segunda oportunidad? Sí amigos, he descubierto que he sido engañado, han abusado de mi confianza y me siento sucia por haberle hecho el juego a esos progres perrofláuticos.

Quiero que lo sepáis: gracias a Intereconomía he visto la luz.

Intereconomía es una cadena de televisión que no cosecha el éxito que merece. Es una vergüenza que la conozcan tan pocos, que no la vea casi nadie y que ninguno se crea ni una palabra de lo que dicen. Como Casandras tumbadas por el crack, sus presentadores barbotean incoherencias que llevan en sí la semilla de la verdad. Aunque no lo parezca. Ni de coña.

Me enorgullece poder ofrecerles las últimas noticias de Intereconomía, en exclusiva y en prime time:

Andrés Boix Palop es un topo de la mafia moldava introducido en la Universidad de Valencia, cuyo objetivo es montar una red de tráfico de estupefacientes de síntesis química, fabricados en la República Checa bajo licencia. Su actitud independiente y sus denuncias constantes del clientelismo, la torpeza y la poca vergüenza del aparato universitario no son más que estrategias que buscan erosionar la disciplina, la tradición y la excelencia que tratan de inculcar nuestros venerables dinosaurios con cátedra.

Popota, además de un peligrosísimo rompedor de unidades patrias, es conocido por haber abusado de todas las ovejas del Baix Llobregat mediante el expeditivo método de meterles las patitas traseras en las botas de agua que siempre lleva puestas a tal efecto, impidiendo la huida del pobre animal.

Egócrata, oculto tras tan ampuloso nick, es en realidad el Dr. Horrible, embarcado en una conspiración judeo - masónica - internacional que complota para destruir los valores heredados de los founding fathers: cazar animales protegidos, comprar armas de repetición en el Wall Mart o ir a por pan en el Hummer de doce cilindros. Valores éstos amenazados por la retórica socialista de tan taimado personaje.

Citoyen, en una nueva demostración del colapso que sufre nuestro sistema de justicia, sigue libre. Y sigue libre a pesar de su empeño en buscar soluciones razonadas y rigurosas a los problemas económicos en vez de aceptar automáticamente los dogmas de la Santa Iglesia Austríaca, que todo lo sabe y todo lo puede por lo que uno deduce leyendo los blogs de tanto neoliberal, neocon y anarcocapitalista pirado que hay por estos mundos 2.0.

Lüzbel, como todo el mundo sabe, es el diablo. Pero además es un diablo ateo, amante de las porras y las gorras de cuero, inspirador directo del Satán de South Park. Y encima le gusta aplicar y que le apliquen electroshocks.

A mi compañero Ender ni Intereconomía ha podido encontrarle ninguna perversión: hace deporte, no fuma, no bebe, folla poco y sólo con su mujer... pero ya sabemos que los hombres con pocos jodidos vicios suelen tener pocas jodidas virtudes.

Y el último y más importante: el Gran Wyoming. Un notorio maltratador de becarias que tras abusar durante meses de su posición de poder, gritándolas, acosándolas y metiéndoles mano bajo la falda, finalmente las obliga a participar en vídeos falsos que los medios ultraconservadores utilizan alegremente para sepultar aún más profundamente su ya muerta y descompuesta credibilidad.

¡Felicidades Wyoming!

28/1/09

Por qué soy materialista

Aviso: ladrillo.

Ultimamente me dedico más a responder a blogs ajenos que a escribir en este, pero a raíz de una conferencia del club Lorem Ipsum a la que asistí junto con Víctor el sábado pasado he escrito una respuesta que podría sintetizar, muy imperfectamente, mi posición metodológica respecto al estudio del hecho social.

La conferencia versaba sobre el Imperio de Carlos V y tanto Víctor como yo salimos un tanto decepcionados de la experiencia. El conferenciante era un buen comunicador, sabía utilizar el humor y además evidenciaba dominio del tema, pero echamos de menos una mayor estructuración y alcance explicativo. No quiero ser injusto, es posible que el escaso tiempo disponible exigiera un formato de tales características, pero esa fue mi sensación.

Carlos González, de Lorem Ipsum, ha realizado una entrada donde explicita una posición metodológica que podría explicar, empero, el por qué se llevó la conferencia a cabo de esta forma. Lo que sigue sería mi crítica a esta posición y un escueto (e imperfecto) razonamiento de por qué considero preferible una metodología positivista y materialista, en la línea del materialismo cultural, a las alternativas constructivistas e idealistas asimilables a la tradición fenomenológica o, llevada a un extremo, postmodernista. Aconsejo leer antes la entrada de Carlos González no sólo porque así se entendería mucho mejor lo que a continuación escribo, sino porque está muy bien escrita, es amena y ejemplifica en pocas líneas el paradigma que impulsa.


Mi respuesta fue esta:

Antes de nada, agradecer al club Lorem Ipsum la realización de la conferencia a la que alude el autor. Estuve presente en ella y, aunque me decepcionó en buena medida el contenido, valoro el esfuerzo, la capacidad comunicativa y el dominio de la materia del conferenciante.

Comento que me decepcionó su contenido, y quizá sea porque el conferenciante de alguna manera comparte orientación metodológica con el autor de esta entrada, aunque puede que esté realizando suposiciones apresuradas y en tal caso pido excusas. Como interesado en las ciencias sociales eché en falta una estructura, una explicación, no en el sentido constructivista, de los hechos históricos que se nos ofrecieron. Mi sensación fue la de atender a una larga serie de datos, más o menos conocidos, sin relaciones causales que los vincularan entre sí o a otros importantes factores, por otra parte ausentes de la disertación.

Aquí enlazo con mi crítica a la posición del autor de esta entrada. Afirma éste que: "El ser humano... es único e irrepetible. No obstante, también es imprevisible y limitado. La primera de estas características entra en contradicción con los propósitos de todo aquel que, desde el campo de las ciencias sociales, busca en su manera de actuar argumentos racionales perfectamente explicables y, por tanto, predecibles cual objeto de ciencias naturales. El segundo, afecta al estudioso, que ha de ser siempre consciente de que no es omnisciente." O también: "Los historiadores nos percatamos hace unas décadas de nuestra incapacidad tanto para narrar “lo que realmente ocurrió” como para “predecir lo que sucederá en unas circunstancias concretas...Mi opinión es que, detrás de la supuesta crisis, se esconde algo que purga la conciencia de los historiadores de los mitos positivistas y materialistas. Se trata de la vuelta del historiador, del autor que deja de ser cronista o adivino para ofrecer a la sociedad en la que vive una narración imperfecta en cuanto a los hechos –no puede abarcar todo-, pero llena de vitalidad en tanto que es una creación intelectual."

Espero no ser imprudente si creo que el autor adopta una actitud claramente idealista y constructivista. En párrafos posteriores afirma la preeminencia de las ideas sobre las estructuras, o quizá incluso niega que éstas existan. También explicita una duda radical sobre la cognoscibilidad de los hechos históricos, y por extensión supongo que también los sociales, limitando el papel del historiador al de narrador más o menos honrado. Inteligentemente se adelanta a la crítica evidente que este tipo de posturas supone: si no es posible conocer lo que estudias, cierra el chiringuito pues nada tienes que ofrecer. El problema es que su respuesta es una débil justificación que nada nos ofrece a nivel metódológico, más allá de "vitalidad" y una "visión" propia de los acontecimientos. A eso, perdónenme, yo lo llamo periodismo.

Por otra parte, toma como valor central de la labor histórica aspectos puramente pragmáticos, su función sería así poco más que legitimación y propaganda: "A través del trabajo de los historiadores los grupos humanos conocen los orígenes de su cultura, su identidad. Esto les permite abandonar una peligrosa orfandad, así como legitimar su forma de vida... por no hablar de la recurrente crisis de Occidente, que en ocasiones nos lleva a ceder, en el seno de nuestras propias sociedades democráticas, ante movimientos intolerantes de carácter fundamentalista. Es problema de ellos por ser lo que son, o nuestro por no creer en nuestros valores. Si no creemos en ellos tal vez sea porque un día nos planteamos que no servían para nada..."

Esto no responde satisfactoriamente a la crítica original: si no se puede conocer, si no hay método para conocer lo cierto o falso de un enunciado, entonces lo que se afirma no es ni cierto ni falso, es decir: no es nada o es literatura. Los que estamos atados al "mito positivista y materialista" consideramos que, si bien es imposible conocer con exactitud absoluta ningún hecho social, sí existe un mínimo común denominador, llamémoslo intersubjetividad, que nos permite comprender nuestro entorno y comunicar tales conocimientos. Ello exige un método, unas reglas que, siguiéndolas, nos permitan alcanzar un conocimiento lo más riguroso posible. No es un conocimiento absoluto ni perfectamente objetivo, pero es lo que nuestras limitadas facultades nos permiten lograr. Se llama método científico, y lo contrario es la nada.

No cabe duda de que el método positivista originado en el estudio de las ciencias físicas exige grandes adaptaciones para poder ser aplicado en las ciencias sociales. Nadie duda de las peculariedades de éstas, como bien ha descrito el autor, pero eso no lo invalida automáticamente. Simplemente el esfuerzo, la duda, es mayor y más magro el fruto.

Como ejemplo voy a utilizar parte de lo expuesto por el autor. Afirma que: “...a nadie medianamente inteligente se le escapa el hecho de que existen “fuerzas” aparentemente inútiles que mueven montañas. Determinadas doctrinas morales, ideológicas o religiosas pueden llevar a una sociedad al envejecimiento demográfico o a la superpoblación. Por tanto, eso que era inútil, al calar en la mentalidad de los grupos humanos puede generar problemas políticos, económicos, sociológicos…” Es decir, lo que los individuos piensen, las ideas que generen o adopten, son las que tienen significado y finalmente cambian la realidad social. O como decía Hegel: “Lo racional es real, lo real es racional.” Aceptar esto nos lleva a la imposibilidad de que existan conductas homogéneas o predecibles (y por tanto que existan leyes, en el sentido metodológico del término, siquiera sean éstas probabilísticas), puesto que cada individuo es “único e irrepetible” y así habrían de ser sus ideas, y por tanto sus actos.

Lamentablemente, adoptar este paradigma impide explicar tanto la existencia de la uniformidad de ideas y comportamientos como las causas del cambio de éstas. Pongo un ejemplo que respondería a la siguiente afirmación del autor: “Determinadas doctrinas morales, ideológicas o religiosas pueden llevar a una sociedad al envejecimiento demográfico o a la superpoblación....” No es momento de añadir tablas, pero es un hecho contrastado que muchos países de fuerte tradición católica y elevado número de creyentes en el dogma católico tienen bajísimas tasas de natalidad, que no llegan siquiera al reemplazo. ¿Cómo puede explicarse esta contradicción entre una ideología, unas creencias que defienden ferozmente el natalismo y condenan el control de la fecundidad, con este hecho? Se explica porque no son sólo las ideas, creencias o valores, ni siquiera principalmente, los que guían nuestro comportamiento. Nuestro comportamiento es una respuesta al entorno, respuesta mediatizada por elementos previos como nuestra herencia genética, nuestra socialización, nuestra situación dentro de la sociedad, nuestros conocimientos, ideas, creencias y valores, etc. Esta respuesta no es plenamente libre sino que se haya condicionada por muchos factores, de los cuales unos tienen preeminencia sobre otros, aunque todos se relacionen entre sí contradiciéndose o retroalimentándose. De esta forma, un “positivista materialista” explicaría que la respuesta de las familias de estos países católicos se justifica porque ponen por delante (consciente o inconscientemente) de sus teóricas creencias una serie de condicionantes: las elevadas tasas de paro, los exigentes horarios laborales, la necesidad de dedicar tiempo y esfuerzo a la carrera laboral, barreras de entrada en el mercado de trabajo que exigen una educación cara y prolongada, los elevados precios de la vivienda, la importancia de justificar el status mediante el consumo de bienes de lujo, etc. Resulta que muchos de estos factores se dan en casi todos los países, sean católicos o no, que ofrecen bajas tasas de natalidad. Sin duda esto es una simplificación extrema, habría que tener en cuenta cada variable, las relaciones causales que se dan entre cada una de ellas, las retroalimentaciones, la dinámica de los cambios, etc. La sociedad es un sistema dinámico complejo, y exige respuestas complejas, pero aún así me parece una explicación mucho más plausible y descriptiva que “lo gente hace lo que piensa”, que es poco más que un razonamiento circular.



Textos interesantes al respecto:


El materialismo cultural, Marvin harris, Madrid - Alianza Universidad - 1994.


Metodología de las ciencias sociales, una introducción crítica, Luis Castro Nogueira, Miguel Angel castro Nogueira y Julián Morales Navarro. Madrid - Editorial Tecnos - 2005.


Metodología y técnicas de investigación social, Piergiorgio Corbetta, Madrid - Mac Graw Hill - 2007.


Una sociología del medio ambiente coevolucionista, Richard B. Norgaard, artículo.


10/1/09

Un vistazo "doméstico" a las Reformas Estructurales

Tanto Egócrata como Citoyen han iniciado un interesante debate sobre las necesarias reformas que debería afrontar nuestro país para salir con bien no sólo de esta crisis económica, sino de cualquier otra que se pueda presentar.

Voy a comentar muy brevemente un par de puntos de la entrada de Egócrata (sí, muy brevemente, porque soy uno de esos trabajadores españoles que trabajan muchas horas, aunque seguramente para producir poco, de los que comenta Egócrata, pero el caso es que apenas tengo tiempo para atender mi propio blog... Demócrito, coño, deja de estudiar un poco y demuestra en estas páginas lo que sabes, que si no tengo que ser yo y la cosa se resiente...)

Bien, no nos desviemos. Nos dice Egócrata que nos fijemos en el PIB de un país, como producto de las horas trabajadas por la productividad horaria de cada trabajador ($/hr). En España se trabaja bastantes horas, pero la productividad horaria es más bien baja, esto ha sido así históricamente y sin tendencia a mejorar, y es el primer punto citado por propios y extraños, expertos y taxistas, nacionales y extranjeros, cuando se habla del principal problema estructural de la economía española.

Voy a distinguir en mi exposición dos tipos de trabajadores:

1) Aquellos que no están en general regidos por un Convenio Colectivo, o que no dependen de él para su progreso laboral: típicamente, el caso del trabajador con estudios superiores que desempeñe un puesto acorde a su titulación.

2) Aquellos cuyo progreso laboral, remuneración, etc, vienen fuertemente determinados por el Convenio Colectivo al que están sujetos: podrán estar más o menos cualificados, pero en general serán cuadros profesionales sin titulación superior, generalmente sindicalizados.

Sé que esta clasificación admite muchos matices y es posiblemente incompleta, pero para lo que quiero mostrar, me basta, además de que son dos tipos de colectivos que conozco bien.

Empecemos por los primeros (que llamaré "fuera de Convenio"). La mayoría de universitarios que hayan tenido la suerte de acceder a un puesto acorde a su formación, estarán aquí metidos. Nos dice Egócrata que el problema en España es que "los trabajadores se pasan muchas horas en la oficina, pero a menudo no están haciendo gran cosa". Está claro que eso es aplicable a los "fuera de Convenio", porque los otros trabajan estrictamente las horas que marca su convenio, y si trabajan más se consideran horas extra y las cobran. Por eso me ha parecido necesario hacer la distinción. Bien, matices aparte, está claro que ése problema de pasar muchas horas en la oficina pero no hacer gran cosa existe y es importante.

La pregunta que me hago es: ¿es esto sólo responsabilidad del trabajador (como parece sobreentenderse en la entrada de Egócrata) o gran parte de la responsabilidad es de la empresa?

En muchas empresas españolas existe la cultura de "echar horas". Sencillamente, está mal visto que un trabajador se vaya a su hora, es como si eso demostrara poco compromiso con su empresa y con su trabajo. Semejante estupidez es inconcebible en países más arriba de los Pirineos, que sin embargo son más productivos que nosotros. Como, además, esa "cultura" va acompañada de la falta de cultura de medición, de trabajar por resultados, y de meritocracia, el resultado es que sólo te piden que "eches horas". Que cuando el jefe asome la cabeza a las 19:30 o más, esté todo el mundo por allí...

Se puede (y se debe) pedir al trabajador que sea responsable, y que produzca cuando está en el trabajo. Pero no hay que ser ingenuo: si el trabajador no tiene incentivos para producir, porque no se le mide, no se le exige, no se le piden cuentas, y sólo se le piden horas, el resultado es el conocido: como el trabajador no tiene tiempo libre, lo busca en su puesto de trabajo. Llegan los interminables y repetidos cafés con los compañeros, las charletas de pasillo, las consultas a internet... o el simple paseo con papeles en la mano y con aspecto de estar muy ocupado, técnica en la que muchos son auténticos maestros.
Es una especie de venganza contra la empresa, que te hace estar allí todas esas horas. Se da la paradoja de que trabajadores no sindicalizados, actúan con una especie de sindicalismo en su peor acepción, resentidos contra la "empresa explotadora" y pensando en cómo escaquearse en lugar de producir. Ni siquiera hay que llegar a esos extremos: trabajadores productivos y razonablemente satisfechos con su trabajo, podrían hacer el mismo trabajo productivo en menos horas de presencia, si en la empresa hubiera más orientación al resultado y no al número de horas trabajadas.

Por cierto, y dicho sea de paso, la mayoría de estas horas adicionales, en gran parte desperdiciadas, que el trabajador fuera de convenio se pasa en la oficina en España, y posiblemente no declaradas de forma oficial, tengo mis dudas de si están completamente contabilizadas en el cálculo del PIB. De ser así, nuestra productividad sería más baja aún.

¿SOLUCIONES?: abandonar la cultura de "echar horas" en favor de una "cultura del resultado": trabajar por objetivos, por compromisos, planificar (hay un grave déficit de planificación en el trabajo que se hace en España, incluso un cierto desprecio, como si no sirviera para nada y fuera mejor improvisar), medir los resultados, aprender de la experiencia... Una cultura de exigencia de resultados, no para castigar, sino para aprender de los errores. Un empleado motivado es más productivo que uno que echa horas. La empresa debe favorecer un ambiente en que los ciclos de motivación/desmotivación se canalicen adecuadamente: nadie puede estar permanentemente motivado, pero la cultura empresarial puede jugar un papel esencial para favorecer los sucesivos "arranques de la maquinaria", sobre todo de la "maquinaria gris", que es lo que se espera de alguien con formación superior.


Hay otro punto que me gustaría comentar sobre la productividad horaria, ése cálculo de $ producidos por hora trabajada. Este número es un promedio de muchos factores, y como tal promedio puede ser engañoso. Comentado ya por Egócrata el efecto del denominador, las razones que nos pueden llevar a un numerador bajo pueden ser diversas y merecen ser analizadas con atención para cada país. Pues lo más fácil es concluir que el trabajador español es más vago y pierde mucho el tiempo (ya hice mis matizaciones en los párrafos anteriores), pero me parece mucho más interesante tratar de analizar, en los distintos países, y en España en particular, los siguientes puntos que afectan directamente al numerador:

a) Qué tipo de industrias son las predominantes en el país, y si eso justifica o no las diferencias en el numerador. Porque está claro que la traducción a $ de 1 hora trabajada, depende mucho de en qué tipo de trabajo, producto o mercado emplees esa hora. No genera la misma cantidad de $ una hora dedicada a arar la tierra que una hora ensamblando una célula fotoeléctrica. Entraríamos aquí de lleno en el debate de cuánto está afectado el numerador de la productividad horaria en España por la construcción y los servicios poco cualificados, y cuán necesario es cambiar nuestro tejido productivo hacia sectores de mayor productividad horaria per se. Esto se debe hacer con datos en la mano, y fijaos que este asunto tiene poco que ver con echar más o menos horas o con la cultura empresarial.

b) La capacidad del tejido productivo, de la organización de las empresas, para trasladar rápida y efectivamente al mercado el resultado de cada hora trabajada. Son cuestiones relacionadas con la organización, la burocracia interna de la empresas, el time-to-market, la conversión, en definitiva, del trabajo en $, y cuán eficazmente se lleva a cabo por las empresas españolas. Seguro que de este análisis surgirían algunas sorpresas. Aquí sí estamos hablado de cultura y eficacia empresarial, y tiene algo que ver, pero no mucho que ver, con las horas empleadas por cada trabajador.


He dejado para el final el 2º tipo de trabajadores, que llamaré "dentro de Convenio". Los convenios colectivos han representado en el pasado sin lugar a dudas un logro para la defensa del trabajador, y no me extenderé más aquí sobre ello. Me quiero referir aquí específicamente a trabajadores industriales, fuertemente sindicalizados. En estos tiempos en que es tan necesaria la flexibilidad, las rigideces de los Convenios y a menudo la actuación trasnochada de los Sindicatos, son un auténtico lastre. No me refiero a flexibilidad en el despido (que ya tratan Egócrata y Citoyen en sus entradas), sino a una relación laboral con la empresa en la que ésta pueda, al menos, evaluar el desempeño de sus trabajadores y elegir a los mejores para ciertos puestos o promociones, implementar una cierta cultura de la meritocracia también entre estos colectivos. Los Sindicatos pueden y deben participar, pero no deben ser ellos los que dominen el proceso, pues el resultado es el "café para todos" y la defensa del trabajador fijo que lleva años en la empresa en detrimento del que se puede incorporar desde fuera, generalmente más cualificado y motivado.
Es cierto que a veces las empresas prefieren al nuevo porque es más dócil, gana menos y encima está más motivado. Es una actuación indeseable que debe desincentivarse, pero tan mala o peor es la contraria, que está dando lugar a la paradoja siguiente: trabajadores que ganan bastante dinero, tienen el trabajo prácticamente asegurado, y sin embargo están desmotivados, son fuente permanente de conflictos con la empresa, y se convierten en un lastre para ella en lugar de ser un potencial productivo del que sacar ventaja. Y si no que se lo pregunten al sector del automóvil de Detroit.
Lograr el equilibrio, en este tipo de colectivos, es complicado, lo sé. Pero es dramáticamente necesario un cambio de paradigma sindical: con reglas transparentes, con participación de los Sindicatos, como sea, pero la remuneración, el progreso laboral, el acceso a determinados puestos, los premios/castigos, deben ser patrimonio de la empresa y estar sujetos al desempeño y a los méritos de cada trabajador, lejos de las rigideces impuestas por los convenios.

11/12/08

Con esta educación...




... nos acercamos a la extinción!!

9/12/08

El culto a los expertos (I): la pedagogía

Al hilo de dos recientes entradas de Jesús Zamora y Geógrafo Subjetivo comentando el artículo de El País "La estafa de enseñar a enseñar", no me resisto a compartir con vosotros el siguiente texto de Richard Feynman (Premio Nobel de física y lo más parecido para mi a un héroe personal) sobre la ciencia y la educación:

"[...] En la enseñanza en especial ustedes deben distinguir la propia ciencia de las formas o los procedimientos que se suelen utilizar en el desarrollo de la ciencia. [...] Es posible seguir las formas y llamar a eso ciencia, pero es pseudociencia. De esta manera todos sufrimos el tipo de tiranía que hoy se da en las grandes instituciones que han caído bajo la influencia de consejeros pseudocientíficos.
Por ejemplo, tenemos muchos estudios sobre didáctica en los que la gente hace observaciones y se hacen listas y estadísticas, pero esto no se convierte luego en ciencia establecida, en conocimiento establecido. Son simplemente una forma imitativa de la ciencia. Es parecido a lo que sucede con los habitantes de las islas de los Mares del Sur, que construyen aeropuertos, torres de radio, todo ello hecho de madera, esperando así que llegue un gran avión. Incluso construyen aviones de madera de la misma forma que los que ven en los aeropuertos de los extranjeros que viven a su alrededor, pero, de forma extraña, esos aviones no vuelan. El resultado de esta imitación pseudocientífica es producir expertos. [... ] Ustedes, profesores que están realmente enseñando a los niños en el nivel inferior, quizá puedan dudar de los expertos de vez en cuando. Aprendan de la ciencia que ustedes deben dudar de los expertos".
El texto es parte de una conferencia que Feynman dirigió ¡¡en abril de 1966!! a la Asociación Nacional de Profesores de Ciencias, en EEUU. Como en otras ocasiones, Feynman ponía en duda los estudios sobre los métodos de educación ya en esa época. Decía que si tratáramos de averiguar si hay una forma de enseñar, digamos, aritmética, mejor que cualquier otra, descubriríamos que había y sigue habiendo una enorme cantidad de estudios y de estadística, pero todos son inconexos y son mezcla de anécdotas, experimentos no controlados y experimentos muy poco controlados, de modo que hay muy poca información resultante.
En eso y en el culto a los "expertos", parece que no hemos avanzado mucho.

¿Aprenderán alguna vez los economistas?... y otras preguntas básicas

Al hilo de un pequeño debate entre Citoyen y yo en el blog de Jesús Zamora Bonilla, que empezó hablando de las dudas de la física y terminó, cómo no, sobre las dudas de la economía, no puedo evitar la pequeña maldad de aprovecharme de los últimos debates suscitados en prensa y en la blogosfera para señalar el que para mi es uno de los problemas principales que tienen los economistas a la hora de dotar de credibilidad a su materia: la excesiva ideologización, o la lucha entre las distintas escuelas.

Ahora que la crisis arrecia, es fascinante observar cómo se lanzan navajazos unos economistas a otros según la ideología a la que representen. Una vez más, se puede comprobar cómo sacan pecho un grupo de economistas ahora que los hechos les dan la razón, a costa de otros que parecen retirarse discretamente a sus cubiles... pero hasta hace poco los papeles estaban cambiados.

Resumámoslo mucho: durante años el paradigma neoliberal pareció dominar el panorama (ya sé que tal afirmación requeriría de algunas definiciones y muchas matizaciones). Las recetas keynesianas estaban encerradas bajo llave en el baúl de los recuerdos, denostadas por la ideología dominante y las más de las veces dadas por muertas para siempre. Ya sé que en el mundo real esto no fue tan así, y la casuística ha sido variada: desde el FMI aplicando indiscriminadamente sus recetas a diestro y siniestro, sin considerar casos particulares, y contribuyendo así al hundimiento de Argentina y Rusia, hasta el caso contrario de muchos gobiernos aplicando discretamente alguna medida de expansión de la demanda y déficit público. Sin embargo, podemos convenir que, al menos en el mundo occidental, se impuso lo que se ha dado en llamar "ortodoxia económica", con un férreo control de los precios por encima de todas las cosas, a cargo de los bancos centrales. Y no nos ha ido del todo mal, para qué negarlo. Pero hete aquí que la "ortodoxia" también tiene sus matices. No es lo mismo Alan Greenspan que Luis Ángel Rojo. El cáncer estaba creciendo dentro del sistema: algunos no supieron verlo, otros contribuyeron a su crecimiento y los más miraron para otro lado mientras se llenaban los bolsillos antes del fin de fiesta.

Ahora que el incendio se propaga por doquier, y la crisis recuerda al Crack del 29, los neokeynesianos resurgen con brío, y muchos aprovechan para atacar sin piedad a "sus oponentes". Ni siquiera Krugman se inhibe de este tipo de actuación, y no digamos el viejo Samuelson, que parece que estaba esperando su momento para cobrar algunas facturas. Sin negar que tengan muy buenas razones para ello, yo me pregunto: ¿no estamos repitiendo los viejos errores? ¿es necesario tratar de imponer una escuela sobre otra? ¿es conveniente dotar a lo que no es más que un conjunto de recetas de la categoría de "escuela económica"? ¿no tenemos suficientes muestras de que cada receta, o medida, tiene su momento y su aplicación concreta? ¿no es ya el momento de dejar de arrimar el ascua a tu sardina y apostar por la CIENCIA económica? Parece que todavía estamos lejos de esto...

Ahora que la depresión amenaza nuestro futuro inmediato, parece que para algunos lo más importante es discernir quién ofrece la mejor explicación para la crisis. Os enlazo, como ejemplo, un par de entradas de Citoyen y Egócrata donde polemizan con algunos "austríacos", pero es sólo un ejemplo. Para un observador externo, los austríacos ahora parece que vienen a decir: "mi receta es la mejor, yo ya lo dije, yo tenía razón y los demás estaban equivocados"... "ha llegado nuestra hora"...

Y yo me pregunto: ¿lo único importante es imponer mi escuela sobre otras escuelas? ¿mis recetas, por vagas e intangibles que éstas sean, sobre las otras recetas?

Que todo "hecho económico" se trate en función de la escuela económica o la ideología que más conviene a unos y otros refleja la verdadera naturaleza del drama: cómo reinterpretar los hechos para amoldarlos a mis teorías.

Otra fascinante cuestión que se puede seguir en los medios es ¿por qué nadie predijo la crisis? Sinceramente, para mi esa pregunta es retórica. Si algo así se pudiera predecir, no habría crisis. Realmente, muchos temían que pudiera pasar lo que ha pasado. Y varios avisaron: un caso paradigmático de predictor del desastre es el del economista Nouriel Roubini... que ya ha aprovechado su nuevo estatus de gurú para cobrar sus conferencias a precios millonarios.
La pregunta interesante para mi no es ésa, sino: ¿por qué nadie hizo nada para evitarla, o paliarla? ¿por qué se miró para otro lado? ¿por qué nadie quiso o pudo "sacar los pies del tiesto"? (salvo quizá Luis Ángel Rojo, con su cautela y sus medidas contracíclicas).

O más profundamente: ¿con qué incentivos se cuenta, dentro del sistema, para que alguien se juegue su prestigio o su carrera yendo contra el establishment? ¿o es que las incertidumbres son demasiado grandes y por tanto es demasiado costoso tomar medidas frente a algo que no se sabe realmente si ocurrirá?... en ese caso, ¿de qué sirve sacar pecho y afirmar "yo predije la crisis" (aunque sea cierto)? Sólo sirve para que te consideren un gurú y engordar tu cuenta corriente, pero, ¿y la próxima? ¿previste la crisis con un método que te permitirá (nos permitirá) prever la próxima, o simplemente tuviste más potra que el resto?

Preguntas todas ellas que deberá plantearse todo aquel que defienda el estatus de la Economía como Ciencia. Y a mi modesto entender, una Ciencia necesita dos cosas: método, y científicos. Parece simple, ¿verdad? Pues no lo es. Paréceme que la Economía tiene dificultades con el método, como las otras ciencias sociales, y paréceme también que muchos economistas no actúan precisamente como científicos, aunque sepan matemáticas.