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2/9/11

La insoportable levedad de las voces de la izquierda

El gran oráculo ha vuelto de vacaciones, y ha hablado: (video Gabilondo)

Para un tipo que “aporta una mirada propia llena de serenidad y sentido común”, según afirma la presentación de su video blog, es notable el recurso al lenguaje de máximos que utiliza últimamente: nada menos que la “derrota de la democracia”, y la consagración de “un modelo de sociedad que expulsa a los pensamientos más progresistas o de izquierdas a favor de los pensamientos neoliberales”.

No debe sorprendernos. Desde el estallido de la crisis algunos venimos asistiendo con pesadumbre (y con enfado) al establecimiento de una especie de “posición oficial” de las izquierdas de éste país que yo identifico con la vuelta a los eslóganes vacíos de contenido, la idealización de la “democracia real” y asamblearia, la consagración de un hombre de paja (“los mercados”) como enemigo a batir y, en definitiva, una reivindicación de las utopías y de los Mundos de Yupi frente al análisis riguroso de los hechos y de los mecanismos disponibles para hacerles frente.

Se ponen de moda y se saludan con alborozo los panfletos revolucionarios de ancianitos bienintencionados, como el “Indignaos” del francés Stephane Hessel que se copian y amplían en España (ver “Reacciona”), pero durante muchos meses algunos ya estaban preparando el terreno desde publicaciones “intelectuales” que no se han enterado de que Mayo del 68 ya pasó. Personas con supuesto prestigio y con llegada a los medios (aunque ellos se quejen de que se les silencia) como Vicenç Navarro, la mayoría de los tertulianos de la SER, muchos columnistas de El País y casi todos los de Público, mantienen desde hace tiempo un discurso parecido, según el cual estaríamos embarcados en un proceso de desmantelamiento del Estado de Bienestar y de los “derechos adquiridos” por los ciudadanos, a cargo de “los mercados” y el “neoliberalismo” y poco menos que dirigido desde Europa y organismos internacionales como el FMI.

Dejemos claro antes de nada que, desde una posición de izquierdas, hay motivos más que sobrados para indignarse con la situación política y económica, y muchas dinámicas están ocurriendo que requieren de una vigilancia atenta: muchos de los agentes que agravaron la crisis no han recibido el castigo que se merecen, las normas regulatorias y de gobernanza económica y financiera que se prometió reforzar parecen estancadas o avanzar con cuentagotas, la Unión Europea reacciona ante los sobresaltos económicos con improvisación y demagogia, con un sálvese quien pueda y a defender cada uno sus propios intereses… Europa está en una encrucijada y sus gobernantes no parecen estar a la altura. ¿Y qué decir de España? Sus gobernantes tampoco están a la altura, ni lo estarán los que vendrán el 20-N (ya han demostrado sobradamente su mediocridad), lo que es más grave aún por los problemas particulares que arrastra España desde hace tiempo: un mercado de trabajo dual e insolidario que condena a la precariedad a una generación, un tejido productivo excesivamente basado en la especulación inmobiliaria y en el turismo de bajo nivel, absurdas regulaciones y trabas para la competencia y la creación de empresas, un modelo energético kafkiano, un modelo educativo en caída libre y sometido a los indecentes caprichos de cada nuevo gobierno, una alarmante falta de consenso sobre los temas estratégicos de Estado entre los partidos políticos (salvo el terrorismo) y todo ello con un Estado de Bienestar raquítico en comparación con los mejores, que no sólo hay que sostener sino que debería ser ampliado.

Y mientras tanto, la izquierda discutiendo la calidad de la democracia, el ataque a “nuestros derechos”, la llegada del “neoliberalismo” y otras variantes del sexo de los ángeles.

Lo descorazonador que tiene asistir a este posicionamiento de las voces progresistas, para los que consideramos que la izquierda tiene mucho que decir, es el temor de una deriva hacia la irrelevancia. A lo Izquierda Unida, vamos.

Es lamentable que la izquierda guste tanto de los posicionamientos previos en abstracto sobre cualquier tema, y por los grandes debates ideológicos y filosóficos sobre la democracia, el sometimiento de la política al poder económico y la defensa de ése “derecho inalienable” llamado Estado del Bienestar. Pero resulta que el Estado del Bienestar no es un derecho fundamental de las personas, ni un estado natural, ni un ente abstracto que una vez conseguido es mejor no tocar para no desmantelarlo: es un conjunto de mecanismos que hemos ido implementando porque creemos que es mejor para los individuos que conforman una sociedad, y que no es gratis: hay que alimentarlo, sostenerlo y permitir su disfrute a las futuras generaciones.

Y el Estado de Bienestar está sin duda en crisis, y conservarlo requiere imaginación, coraje y mecanismos para cambiar la dinámica de hechos que lo están poniendo en riesgo… defenderlo no consiste en querer mantenerlo en formol como si no pasara nada. Paradójicamente esta izquierda, al cuestionar sin más cualquier intervención sobre los pilares del Estado del Bienestar (subsidio de paro, mercado de trabajo, pensiones…) se ha convertido en una “izquierda conservadora”, incapaz de articular un discurso de cambio hacia la sostenibilidad.

Precisamente cuando la socialdemocracia y las posiciones progresistas deberían tener más que nunca un peso relevante en el debate político reivindicando sus conquistas y reinventando la manera de sostenerlas, frente a una derecha sin escrúpulos, fracasada e hipócrita, resulta que los representantes de la izquierda se cierran al análisis riguroso de los hechos y de sus posibles soluciones, prefieren la utopía al pragmatismo, y hacer demagogia con la indignación popular para regodearse en un discurso apocalíptico en lugar de empezar a preparar el discurso del futuro.

La fraseología del estilo “esto no es una verdadera democracia”, “los mercados han dominado a la política”, “el que quiera tocar las pensiones es un peligroso neoliberal” y, en general, ésa especie de “estás conmigo o contra mí”… sólo son una desesperante pérdida de tiempo que escamotea el verdadero debate: qué mecanismos podemos implementar que nos permitan una salida de la crisis lo más rápida posible, que refuercen nuestra economía ante crisis futuras, y que garanticen la sostenibilidad del Estado de Bienestar. Y en este, el verdadero debate, hay mucho que hacer y mucho que decir: porque es cierto que no todas las respuestas están claras. Es cierto que la derecha, más que posible ganadora de las próximas elecciones, tratará de arrimar el ascua a su sardina y aprovechará para implementar por la fuerza recortes y políticas insolidarias (ver Cospedal en Castilla la Mancha) bajo la mirada indignada y ofendida, pero inútil, de todos estos voceros de la izquierda que están permitiendo a la derecha dominar el espectro político, cuando debería estar escondida en su cubil para esconder sus vergüenzas, aquellas que allanaron el camino al estallido de la crisis.

La derecha ocupa el espacio político porque la izquierda se lo está permitiendo, por su propio abandono de dicho espacio hacia posiciones irrelevantes y necias de supuesta defensa del desfavorecido. Pero el desfavorecido no necesita discursos paternales ni llamadas filosóficas a regenerar la democracia, necesita que salgamos de la crisis y se le ofrezcan soluciones que mejoren su calidad de vida, y si la izquierda no plantea soluciones factibles, ahí aparece la derecha reivindicándose como única solución, repitiendo el discurso falaz del “gestor eficaz” que sabe lo que hay que hacer, frente a la “ideologizada izquierda”. Que nadie se lleve a engaño: no hay más que oír las propuestas económicas de Rajoy y Montoro para reconocer su vacuidad y constatar que no han entendido nada, y sólo hace falta leerse algún documento de la Fundación FAES para saber hasta qué punto la ideología puede convertir en absurdo el análisis económico.

Frente a ellos, otra izquierda es posible, y es más necesaria que nunca. ¿Dónde se esconde?

23/5/11

PSOE: ¿y ahora qué?

Después de la barrida que ha hecho el PP, ya se están empezando a escuchar las habituales llamadas a “la renovación ideológica” del PSOE (como la de Barreda) y a la “regeneración del partido”, una especie de vuelta a los orígenes que al parecer se habrían perdido durante los últimos años, sobre todo después de haber tenido que aplicar unas medidas económicas que se perciben como impuestas desde fuera y que son rechazadas por eso que se ha dado en llamar “las bases” del partido.

Apañados estamos.

El PSOE está ahora mismo en una encrucijada histórica en su larga trayectoria como partido. Y lo que salga de la reflexión interna que debe afrontar marcará la larga travesía del desierto que le espera durante los próximos años: o bien se pondrán las bases para una futura, más allá del medio plazo, reconciliación con su base sociológica de votantes; o bien se enriscará en sus males y no sólo se enfrentará a varias derrotas seguidas, sino que disminuirá su suelo electoral de forma irremisible.

¿Cuál es el riesgo que veo? Que el partido y sus ideólogos se encaminen con entusiasmo hacia la segunda opción. La probabilidad de que la actual ejecutiva del PSOE haga un mal diagnóstico de su derrota es altísima, pues estos tipos vienen sacando sobresaliente cum laude en hacer malos diagnósticos de la realidad.

Ante todo, dejemos una cosa clara: a los socialistas les ha derrotado básicamente la crisis económica y el 21% de paro. Les hubiera derrotado en cualquier caso, si bien creo que podrían haber evitado la debacle si su gestión de la crisis hubiera sido otra.

Teniendo en cuenta la tradicional falta de autocrítica de nuestros políticos, la tentación de culpar a la crisis y dejar que el tiempo pase sin hacer nada, seguro que forma parte de los debates internos (al fin y al cabo, dirán algunos, a Rajoy le ha funcionado). Aún peor, con tanta atención mediática a los “indignados” del Movimiento 15M, con los medios afines y algunos sesudos columnistas de la izquierda repitiendo machaconamente que los políticos han sido vencidos “por los mercados”, que la “democracia real” está secuestrada por los intereses económicos y que quien de verdad maneja el destino de los gobiernos son los bancos y a lo sumo un grupito de malvados especuladores que se sientan alrededor de una mesa para ver cuál es el próximo país que hunden en la miseria… pues es muy tentador concluir que los votantes socialistas han castigado al partido por aplicar medidas “neoliberales” y recortes sociales impuestos desde fuera, y que es necesario volver a las esencias socialdemócratas de los buenos tiempos, y no traicionarlos nunca, nunca más, palabrita de Niño Jesús…

Como si la “socialdemocracia de los buenos tiempos” fuera aplicable sin cambios a los tiempos de ahora. Como si el Estado del Bienestar, una conquista de la civilización que no ponen en duda más que unos pocos privilegiados que creen no necesitarlo y no quieren pagarlo, así como los forofos de las diversas sectas ultraliberales y neocon que campan por el panorama mediático, no tuviera que ser fuertemente revisado, con el fin no de recortarlo o eliminarlo, sino precisamente de asegurar su sostenibilidad.

La disyuntiva del partido es fuerte, eso no se puede negar. ¿Existe alguien que desde dentro sea capaz de elevarse por encima del ruido mediático y analizar lo que de verdad hay que hacer? Ese alguien, si existe, deberá ser capaz de abandonar el discurso populista anti-mercado y los grandes mensajes filosóficos contra el capital, los bancos y los gnomos de jardín que parecen sacados de un concierto hippie de los años 70 (eso que se lo deje a Izquierda Unida, que sigue estando feliz arrancando un puñado de votos, claramente circunstancial, y sabiéndose el guardián de las esencias de la “auténtica izquierda”). Deberá descartar propuestas chupiguay al estilo de las de los acampados de Sol, que son irrelevantes, o irrealizables o contraproducentes: a todos nos gusta el Bien y aborrecemos el Mal, pero mientras tanto hay cosas más importantes que hacer por el país.

Deberá ser capaz de asumir lo que la Economía tiene que decir sobre algunos tipos de problemas, y por supuesto rodearse de gente capaz de entender, y capaz de saber explicar lo que se hace. Uno de los grandes problemas de los partidos, en general, y del PSOE, en particular, es la de promover el ascenso del mediocre más pelota o del amigo del líder. Los gobernantes mediocres y las políticas gallináceas pueden ser tolerados en tiempos de bonanza (y así creo que ocurrió en la segunda elección de Zapatero, donde la gente le renovó la confianza a pesar de sus pepiños y sus pajines, pues al fin y al cabo la fiesta continuaba). Pero un país no se los puede permitir cuando llegan los malos tiempos (tampoco auguran un brillante panorama Rajoy y sus cospedales, dicho sea de paso).

Una de las cosas más importantes que tiene que hacer ese líder socialista hoy por hoy inexistente (…podría haber sido Rubalcaba con menos años y menos plumas perdidas por el camino) es reconciliarse con la ciudadanía y recuperar la confianza de su votante potencial, de ése votante más o menos centrado que vuelca las elecciones a uno u otro lado. Puede que yo sea un iluso, pero lo que creo que debería hacer es recuperar la honestidad en el discurso y no tratar al votante como si fuera imbécil. Esto pasa, básicamente, por explicar por qué se toman las medidas que se toman, por qué se opta por unas políticas y no por otras, y que, por supuesto, que hay una incertidumbre inherente a la aplicación de toda política que no nos asegura al 100% los resultados perseguidos. En particular en la aplicación de medidas de política económica, pues dicha ciencia no está tan avanzada como para asegurarnos que a tal acción le seguirá cual reacción. Pero se debe envolver la acción política en una lógica entendible por los ciudadanos y dotar al discurso de una narrativa que sea capaz de enganchar a los votantes. Un votante que tenga confianza en sus políticos se dejará convencer casi de cualquier cosa (como hizo González en el referendum de la OTAN o en la reconversión industrial, por dar un ejemplo del mismo partido), y hasta es posible que no castigue demasiado al político tras la aplicación de medidas duras o impopulares, pero necesarias (o al menos, no tanto).

Y todo esto no significa “plegarse a los mercados”, “venderse al capital”, dejar que “ganen los de siempre”, etc. Significa entender la realidad, y que existen algunos mecanismos, alejados de los grandes conceptos ideológicos, que nos pueden ayudar a superar nuestros problemas. Significa reconocer que estamos en medio de un incendio que nosotros no hemos provocado pero que hemos avivado alegremente viviendo en una casa de madera y pajitas, y por lo tanto que tenemos que construir una casa de acero y cemento, y eso exige tiempo, dinero y coraje político, y también que vamos a salir de él más pobres y con bastantes tullidos y mutilados.

Eso sí sería una revolución en el partido. No lo parecería, no generaría titulares, pero lo sería. Y serviría para mejorar el futuro del país. Y luego, que las urnas decidan, que para eso están…

12/5/10

Momentos de cambio

No sé a vosotros, pero con el vértigo que estamos viviendo desde hace meses, imbuidos en una crisis mundial sin precedentes desde el Crack del 29 y la vorágine de acontecimientos que la acompañan, a mi no se me quita la sensación de estar en un momento histórico trascendente, de ésos de los que se suele decir, en un alarde de empirismo envidiable, que habrá un “antes” y un “después”.

La sensación podría ser exagerada, al fin y al cabo no estamos al borde de una guerra mundial (espero), ni de una revolución burguesa que trae nuevas ideas (¿alguna nueva idea flotando en el ambiente?), ni siquiera de la toma del poder por el proletariado y el sacrificio en plaza pública del Tío Gilito y sus dorados saqueadores (para quien no haya pillado la sutil metáfora = Goldman Sachs).

No obstante lo cual, mi sensación sigue siendo que después de la tempestad, nuestro barco ya no navegará por las mismas aguas. Que este es un momento trascendente, al menos para Occidente, al menos para la UE… y también para España. Veamos por qué.

En mi opinión confluyen varias cuestiones vitales en esta crisis. Sin ánimo de exhaustividad, citaría las que se me vienen a la cabeza:
  • Es una crisis global, afecta en mayor o menor medida a todos los países, incluidos (y muy especialmente) a los países desarrollados.
  • Ha vuelto a poner sobre la mesa cuestiones relacionadas con la competitividad de los países en el comercio mundial. Esta cuestión, cacareada por consultores y gurús desde los años 80 y 90 no había soportado demasiado bien el contraste empírico. En estos momentos, sin embargo, vuelve a estar sobre la mesa la cuestión de si los países occidentales pueden mantener su posición en el comercio mundial frente a China, India, Brasil y otros mediante el “business as usual” o necesitan realizar profundas reformas.
  • Ha destapado las debilidades y las malas prácticas de los sistemas financieros, alzándose voces que exigen una mayor regulación y control que disminuyan el riesgo moral (instituciones demasiado grandes para caer, megarescates públicos sin contrapartida). Sin embargo, los políticos parecen incapaces o reacios a atacar ambos problemas, tanto las debilidades del sistema como las malas prácticas de algunos de sus agentes, que han demostrado que tienen que ser salvados hasta de sí mismos.
  • Ha puesto una presión brutal sobre la UE y el mismo concepto de la unión económica y monetaria, dando la razón a los que alertaron de sus riesgos y regocijando a los que siempre desearon verla fracasar. La UE se encuentra en una disyuntiva crucial: de aquí puede derivarse su declive definitivo o su refundación sobre pilares más sólidos.
  • En los países de la UE, particularmente, la crisis ha puesto en cuestión de manera dramática la sostenibilidad de sus estados del bienestar, sobre los que ya existían dudas fundadas en momentos anteriores a la crisis.
  • Confluye un escenario de inminente crisis energética (no ajena a la propia crisis económica) con varios frentes abiertos a nivel mundial:
    • Dependencia masiva de un petróleo cuya producción está posiblemente en declive y por tanto final del petróleo barato, con su consecuente necesidad de sustitución.
    • Debate mundial sobre el Cambio Climático sin avances significativos desde hace años: a la evidencia masiva de la presión que nuestro modelo económico está poniendo en los ecosistemas y el clima, se le une una gran incertidumbre sobre el impacto que esto puede tener sobre nuestro bienestar y, particularmente, el de las generaciones futuras.
    • Esto genera un debate ético sobre si se debe actuar ahora, y sobre el coste de dicha actuación. Sobre todo si el capital a invertir ahora es retirado de otras iniciativas que se perciben como más urgentes: pobreza, enfermedad, acceso al agua potable… 
  • Crisis de los políticos: dificultad de los partidos y las ideologías tradicionales para renovar el discurso y atraer al ciudadano hacia la participación democrática y responsable (con las limitaciones que el sistema impone, no seamos más ingenuos de lo necesario…) en los problemas de la sociedad. Con la excepción esperanzadora de Obama en EEUU, podríamos citar tanto una “crisis de la izquierda” como una “crisis de la derecha”, a saber:
    • La izquierda es incapaz desde hace tiempo de articular un discurso para los nuevos tiempos (con crisis o sin ella). Una vez asumidos por las democracias occidentales gran parte de los principios defendidos por la izquierda, algunos de ellos imbuidos en los estados del bienestar de muchos países, la izquierda se debate entre sus viejos fantasmas (pasado marxista, ideología rancia ingenuamente anti-liberal, pro-ecologista, etc.) y las nuevas veleidades populistas (Morales, Chávez… cuando no Ahmadineyad entre los particularmente necios). Ved por ejemplo éste artículo (con sus decepcionantes últimos párrafos), o ver destellos de brillantez por aquí, por aquí y algunos de los discursos que se leen por aquí.
    • La derecha, sobre todo el Partido Republicano de EEUU y los que en otros países ven en él su guía y reflejo, muestra una preocupante deriva radical anti-estado, anti-científica e intolerante (ver aquí). Su versión ibérica queda brillantemente retratada aquí.
  • En el caso de España, ha puesto de manifiesto que el “milagro español” no lo era tanto, y que sin profundas reformas que orienten nuestro tejido productivo hacia el crecimiento, nuestros niveles de vida y los de nuestros hijos van a caer muy por debajo de los que veníamos disfrutando. Incluso con dichas reformas, es inevitable un período duro de ajuste y reorganización que no será fácil de gestionar para los políticos y para la gente en general.
Me gustaría sacar un mensaje positivo de todo ello, aunque me cuesta. Tal mensaje sólo puede consistir en la esperanza de que las instituciones que más contribuyen a nuestro bienestar salgan reforzadas de este período de crisis, habiendo aprendido algo para la próxima.

Puntos que serían deseables (y soy consciente de lo patéticamente ingenuo que parezco al escribirlas):
  • Reforma financiera mundial, siquiera parcial o progresiva, pero imprescindible para no volver a las mismas prácticas que precipitaron la crisis.
  • Refundación de la UE, sobre bases más sólidas y flexibles que incluyan gobernanza económica además de monetaria, mayor agilidad en momentos de crisis, incremento de la democratización de las instituciones europeas y pedagogía hacia el ciudadano…
  • Altura de miras de los políticos. Considerar al votante como alguien inteligente, apoyarse en el consejo de los que saben, explicar el por qué de las cosas, la necesidad de las reformas y los riesgos que se corren si no se hacen. Aunque esto parece una condición inasumible para un político, me temo que será la única manera de evitar, o al menos disminuir, las protestas y estallidos sociales que pueden llegar a producirse consecuencia del tremendo ajuste que se nos avecina (quizá inevitable en cualquier caso), y cuyo ejemplo a pequeña escala lo estamos viendo en la crisis griega.
  • Reevaluación de las acciones contra el Cambio Climático, para hacerlas compatibles con la mejora en los niveles de vida de los países más necesitados. Convertir la crisis energética en una oportunidad.
  • Necesidad de un nuevo impulso del movimiento conservador y de una derecha moderna, racional, científica y tolerante… por ejemplo como ésta.
  • Necesidad imperiosa de refundar la izquierda de modo que, sin renunciar a unos valores universales de redistribución, justicia social, igualdad de oportunidades de origen, solidaridad ante el desfavorecido por los caprichos de la naturaleza, por la enfermedad o la exclusión social, etc., adopte una visión pragmática de la política, mucho más basada en el empirismo y la evaluación de políticas, dispuesta a defender los estados del bienestar basándose en políticas capaces de sostenerlos (no en “derechos adquiridos e inalienables”), asumiendo la defensa de la sostenibilidad en sentido amplio y el rechazo indiscutible de los totalitarismos y populismos mal llamados “de izquierdas”. Vamos, una izquierda como ésta.
¿Alguien se atreve a completar el cuadro?

19/12/09

Energía de izquierdas y energía de derechas

Por si no os habíais dado cuenta: hay energías de izquierdas y energías de derechas. La energía nuclear, por ejemplo, es de derechas… ¿no es fascinante?

Yo no soy de derechas. Sin embargo, realicé mi Proyecto de Fin de Carrera en la ETSII de la Politécnica de Madrid, con un trabajo para ENUSA (Empresa Nacional del Uranio): siempre me sentí incómodo al defender la energía nuclear en ciertos foros, pues eso me convertía automáticamente en un peligroso derechista.

Las energías renovables, sin embargo, son energías de izquierdas.

Haría bien el lector en no tomarse esto a choteo, porque la cosa tiene enjundia. Tanta, que últimamente la consideración de “energía de izquierdas” y “energía de derechas” se ha convertido en un criterio importante para nuestros representantes políticos, una variable que pesa tanto, al menos, como el coste de inversión, el precio y disponibilidad del combustible, el coste de operación, la seguridad del suministro, la diversificación de fuentes, la seguridad operativa y ambiental, la fiabilidad de operación, el coste de los residuos, etc… en fin, minucias.

Más allá del absurdo que todo esto supone, quiero indagar las causas que convirtieron a la energía nuclear en energía de derechas. Dejarme resumirlo en dos ideas-fuerza:

Su presentación en sociedad en forma de bomba atómica
El nacimiento y posterior desarrollo de la “big science”

Obviamente, lo que se expresa en el título de este post es un absurdo, una postura irracional y anticientífica. Pero, ¿alguien pretende que nuestro mundo, nuestra sociedad, es racional y científica?

Más allá de esta polarización absurda entre izquierda y derecha, mi intención es mostrar que existe una cierta lógica en la consideración social actual de la energía nuclear, y que estas razones, equivocadas o no, están grabadas desde hace tiempo en la psicología colectiva. Sólo mediante un esfuerzo consciente por conocer y entender esta fuente de energía, y una consideración serena de sus ventajas e inconvenientes frente a otras, lograrán los ciudadanos y sus representantes políticos librarse de los “fantasmas del átomo” y situar a la nuclear a la altura de cualquier otra fuente de energía en el debate energético.

La bomba atómica y el origen militar de la energía nuclear

Para ser precisos, el origen de la energía nuclear, que fue la aplicación más espectacular del desarrollo teórico de la Mecánica Cuántica durante el primer tercio del siglo XX, nada tuvo que ver con lo militar.

Sin embargo, quiso la suerte que cuando se empezaba a elucubrar con sus posibles aplicaciones, el mundo estuviera enfrascado en la II Guerra Mundial. Una vez descubierto que la reacción de fisión del núcleo atómico al ser bombardeado con neutrones, no sólo liberaba una enorme cantidad de energía, sino que liberaba más neutrones, era obvia la posibilidad de una reacción en cadena automantenida que, fuera de control, daría lugar a una explosión de una potencia nunca vista hasta ese momento.

Dados los escarceos de los científicos alemanes con esa posibilidad, EEUU encerró en un búnker en el desierto de Nuevo México a un grupo de genios de la física (aunque todo el Proyecto Manhattan involucró a miles de personas en muchas ubicaciones) con el encargo de fabricar una bomba atómica antes que los alemanes. Y así lo hicieron. La presentación en sociedad de la energía nuclear, por lo tanto, fueron dos espantosas explosiones en Hiroshima y Nagasaki con miles de muertos y otros daños que persistieron en el tiempo.

El mundo asistió, fascinado y asustado, a la creación de un pequeño Sol capaz de arrasar km y km cuadrados; a los efectos de la radiación en el cuerpo humano, sus quemaduras inmediatas y su persistencia en el tiempo, capaz de provocar mutaciones y otros daños biológicos susceptibles de provocar cánceres mucho tiempo después.

Nunca más la energía nuclear, no importa si con fines pacíficos, se librará de este estigma.

Durante el resto del siglo XX, y a pesar de ese gran logro de la mente humana, ese avance de la civilización, que supuso el ser capaces de controlar la reacción en cadena y generar con ella electricidad de una forma limpia y relativamente barata, los militares no dejaron de intervenir y estar ligados a la energía nuclear. Toda la carrera armamentística y la Guerra Fría no se entenderían sin la amenazadora presencia de las cabezas nucleares apuntándose mutuamente.

En España esto no fue una excepción: aunque empobrecida por la Guerra Civil y el aislamiento de la dictadura, aprovechó el Plan Marshall para poner en marcha algunas centrales nucleares desde muy temprano… en ese momento se empezaron a formar los excelentes profesionales del ramo que posteriormente fueron capaces de desarrollar una industria nuclear al mismo nivel que la de cualquier país desarrollado.

Se creó asimismo la Junta de Energía Nuclear, muy ligada a los militares. E incluso hubo un intento, un tanto descabellado, de crear una bomba atómica española… digo descabellado porque no acierto a comprender su utilidad para el país en aquel momento, no porque no hubiera conocimientos suficientes para haberlo conseguido.

En cualquier caso, y como resumen, tenemos aquí el primer, y uno de los más importantes, “estigmas derechistas” de la energía nuclear: el que la asocia al mundo militar.

La “big science” y el nacimiento del movimiento ecologista

También durante el siglo XX, sobre todo durante y después de la II Guerra Mundial, tuvo lugar el desarrollo de lo que se ha dado en llamar “big science”: desarrollos y aplicaciones científicas y tecnológicas a gran escala, dotadas de enormes presupuestos (a menudo respaldados por el gobierno), que involucran a una gran cantidad de científicos e ingenieros, laboratorios punteros, y máquinas grandes y complicadas.

Entra en juego el concepto de “gran proyecto científico”, a veces de varios años de duración, y en el que los conocimientos necesarios y los recursos involucrados no están al alcance de cualquiera. Ejemplos serían el desarrollo del radar, los láseres de alta potencia, los grandes aceleradores de partículas, el Proyecto Genoma, la carrera espacial… y por supuesto, el que quizá fue el iniciador de todos ellos: el Proyecto Manhattan (otra vez la dichosa bomba atómica).

Esta nueva forma de hacer ciencia encontró la oposición del recientemente aparecido movimiento ecologista, que no se limita a un ideario de protección del medio natural y de crítica a las actuaciones del hombre, particularmente de la industria, sobre el medio, sino que incorpora elementos de crítica social que lo identifica desde el principio con la izquierda.

Los primeros grupos ecologistas, además, eran ya fundamentalmente anti-nucleares, y su activismo se centraba en la lucha contra las pruebas nucleares en el Pacífico y los vertidos en el mar de residuos nucleares (dicho sea de paso, dos auténticos crímenes contra el medio ambiente que merecían ser combatidos). Por lo tanto, vemos que desde el principio el movimiento ecologista nace como antinuclear, mezclando ya para siempre en su ideario la aplicación pacífica y la aplicación militar de dicha forma de energía.

Pero me interesa resaltar aquí un efecto más sutil, a menudo olvidado, de cierto pensamiento ecologista en relación a su oposición a la big science: es aquél de “lo pequeño es hermoso”, el que defiende una cierta vuelta a la vida sencilla, rural, el que llama a conformarse con las pequeñas cosas que nos ofrece la Naturaleza, ése para el que toda industria es contaminante, sin importar las ventajas que ofrece a la sociedad, toda industria no es más que un horroroso amasijo de hierros y aceite que afea el paisaje, contamina el aire y el agua, modifica y pervierte los frutos del campo, “desnaturaliza” al ser humano y lo hace insensible, poco más que una máquina de consumir.

Este es un movimiento “antitecnológico”, y forma parte de la esencia del pensamiento ecologista, al menos hasta su próxima (y deseable) evolución. La utopía de un mundo feliz, la ilusión de un hipotético beneficio de “una vuelta a los orígenes”.

Nada más opuesto a este movimiento antitecnológico que la big science. Y la industria nuclear forma parte de la big science, y está necesariamente ligada al capital y a la gran empresa, aparte de requerir siempre de la participación de los gobiernos de uno u otro modo: el (falso) izquierdismo de este ecologismo radical encuentra, de este modo, un enemigo que lo aliente y lo justifique.

Resumen y conclusiones

¿Qué tenemos, al final de toda esta historia?: un movimiento ecologista antinuclear y antitecnológico, ligado a los grupos de izquierda, y una industria ligada al capital, a la gran empresa, a los gobiernos y a menudo a los militares.

Triste destino, el de la energía nuclear. ¿Quiénes son los que vienen a defenderla: Bush, el PP, la FAES en pleno, el gran capital, El Mundo-ABC-La Razón, y por supuesto los guardianes ibéricos de la esencia “liberal-libertaria” (Libertad Digital, Intereconomía, blogueros y grupúsculos asociados), también los militares… y no me extrañaría que también los curas, para completar el cuadro.

Con estos aliados, al átomo no le hacen falta ni enemigos…

Al otro lado están las renovables, las “energías del pueblo”, como todo el mundo sabe: Obama, Izquierda Unida, ecologistas varios (los activistas y los de salón), el PSOE, la Fundación IDEAS en pleno, El País… y por supuesto Zapatero, que aprendió economía en una tarde y aprendió de energía mientras cogía el sueño esa misma noche.

Yo defiendo las ventajas de la energía nuclear ante todo el que me quiere escuchar (a pesar de estar más ligado ahora al mundo del petróleo, movimiento personal que es, en sí mismo, paradigmático), y también sus inconvenientes, que los tiene… lo hago también con las energías renovables, faltaría más. Pero este no es el comportamiento habitual.

Triste situación la de una fuente de energía que supone un logro intelectual de la especie humana, que está llamada a jugar un papel importante en el cuello de botella energético que se nos viene encima.

Para finalizar, os dejo un artículo muy interesante de Mohamed ElBaradei, Director del Organismo Internacional de la Energía Atómica, el tipo que no se dejó amedrentar por Bush y Cheney y siempre defendió que Irak no tenía armas atómicas. Nadie podrá decir que, a pesar del cargo que ostenta, este hombre no es objetivo...

3/11/09

¿Es ésta la nueva izquierda?

¿Es ésta?

Pues estamos apañados.

¿O quizás es la que se describe aquí? Atención al último párrafo, porque el autor está llamando a la palestra... a los Neoprogs!!